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DESAFIANDO AL IMPERIO:
RESISTENCIAS DE LOS PUEBLOS, GOBIERNOS Y LA ONU AL PODER NORTEAMERICANO

Phyllis Bennis

Published by Transnational Institute at Smashwords

Copyright 2011 Phyllis Bennis



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ÍNDICE

Prólogo de Danny Glover

Prefacio (actualizado en 2010)


1. Introducción


2. El movimiento


3. Los gobiernos


4. Las Naciones Unidas


5. Confluencias


Agradecimientos


Notas


Para leer todas las referencias de este libro, consulte la versión completa anotada en versión PDF: http://www.tni.org/es/tnibook/desafiando-al-imperio-ebook


PRÓLOGO


Siempre procuro estar al tanto de lo que Phyllis Bennis escribe y dice, y os invito a hacer lo mismo. Y es que necesito la ayuda de su excelente trabajo cuando viajo y hablo públicamente sobre esta pesadilla actual que se llama política exterior estadounidense. Tengo muchos motivos para confiar en los análisis de Bennis: su certera claridad; su presentación responsable, informada y profundamente inteligente del contexto histórico y de las realidades políticas que atañen a la política de Estados Unidos en Oriente Medio; el barómetro que ofrece sobre el clima internacional y los poderes oficiales en relación con las personas del mundo; su constante insistencia en fusionar las interpretaciones políticas con las condiciones de los seres humanos y sus (nuestras) necesidades. Pyllis se niega a separar los hechos objetivos y analíticos de la verdad que se obtiene al ver y escuchar a las personas cuyas vidas se ven afectadas por políticas y medidas gubernamentales, los legados de los movimientos por el cambio. Entiende que la historia nace a partir de las luchas de personas de carne y hueso, de sus familias, de sus necesidades, de sus dolores y sus esperanzas. Estoy convencido, haciéndome eco de las palabras del Ché Guevara, de que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.

En este libro, Phyllis establece el contexto histórico de la guerra de Iraq y la carrera imperial del gobierno Bush. Al mismo tiempo, ofrece un marco para analizar el movimiento estadounidense e internacional contra la guerra y favor de la paz y la justicia. Nos ayuda así a recordar algo que he aprendido con tanto dolor durante mis viajes por África y la diáspora, y con la historia de los africanos en Estados Unidos: que el cambio es un proceso por el que se ha pasado, por el que se ha luchado y que se ha ganado a lo largo de muchas generaciones; no una solución mágica. Phyllis se encarga de colocar a las extraordinarias manifestaciones contra de la guerra que tuvieron lugar en todo el mundo el 15 de febrero de 2003 en el lugar que les corresponde, es decir, como el inicio de un nuevo movimiento, como la continuación de un movimiento histórico, como una promesa. No como un fracaso por no haber conseguido evitar la guerra. Y eso es algo fundamental para nuestra capacidad —como personas que reflexionan, que se preocupan, que son conscientes y están comprometidas— de seguir avanzando con energía y esperanza.

Este nuevo movimiento por la paz, por la justicia y contra el imperio es mundial. No está definido por una serie de acciones, sino que se trata más bien de una conciencia mundial, de un creciente consenso, de una determinada visión con una identidad, un alcance y un entendimiento internacionales, de una estrategia polifacética, de algo que aún está surgiendo. La aparición de este fenómeno, tan bien descrito por Bennis, demuestra madurez, visión a largo plazo y gran profundidad, lo cual lo diferencia de anteriores movimientos por la paz y la justicia.

Este libro nos brinda un marco para encuadrar nuestro trabajo en este período y entender que el actual gobierno estadounidense se caracteriza por la guerra y el imperio, que empieza por Afganistán e Iraq pero que, lógicamente, no se reduce a esos países. Phyllis parte de un titular que apareció en un artículo del New York Times el 7 de febrero de 2003, después de que millones de personas de todo el mundo tomaran las calles para decir ‘no’ a la guerra, que afirmaba que el mundo contaba con dos superpotencias: Estados Unidos y las personas del mundo movilizadas para evitar la guerra. Esta segunda superpotencia ha crecido exponencialmente, a través de la historia, de episodios trascendentales y de varios movimientos que, entre otras cosas, se han enfrentado al esclavismo, al colonialismo, a la dominación exterior, al neocolonialismo y a las dictaduras militares, fortaleciendo la batalla de ideas que, en cierto sentido, es una batalla del alma humana.

Phyllis propone que esa segunda superpotencia podría estar integrada por tres elementos: 1) los movimientos populares por la paz y la justicia, 2) gobiernos de todo el mundo que se oponen al imperio estadounidense y 3) unas Naciones Unidas reforzadas. Seguir esta propuesta nos ayudará a concebir y crear una verdadera alternativa y un contrapeso al imperio de Estados Unidos.

Son muchas las personas que desprecian la importancia de las Naciones Unidas y las posibilidades que sigue ofreciendo, centrándose únicamente en su incapacidad para evitar la guerra de Iraq. Pero Phyllis nos recuerda aquellos ocho meses de triunfo, cuando la ONU se unió a millones de personas del mundo y a muchos gobiernos para oponerse a la carrera bélica. Es por ello por lo que nos insta a reivindicar el papel de la ONU. Como embajador de buena voluntad de la ONU, son muchas las ocasiones en que me he sentido conmovido, sorprendido y animado por el increíble impacto de la labor de esta organización en todo el mundo, de su impacto en las vidas de muchas personas que luchan por la supervivencia y, que de otro modo, se verían abandonadas. Creo que la ONU podría ser una fuerza extraordinaria si pudiera abordar más plenamente las realidades de todas las clases económicas, encargándose, para empezar, de los problemas relacionados con el agua a los que se enfrentan diariamente mujeres y niñas de todo el mundo. La ONU debería establecer un diálogo de mayor profundidad ideológica para encarar de forma más eficaz el devastador abismo de clases en el mundo y, de ese modo, prestar un servicio mucho más valioso. Pero considero que debemos seguir trabajando con ese objetivo en mente.

Las Naciones Unidas deben tomar la iniciativa en la construcción de nuevas formas de relación entre culturas y países, movimientos y comunidades, basadas en definiciones y compromisos humanos y racionales. En este momento de la historia, la ONU sigue ofreciendo la única verdadera estructura para emprender este tipo de iniciativa. Aunque apoye la integridad y la soberanía de las diversas naciones, la ONU debe analizar y abrazar una nueva integración, a escala mundial, en la sociedad civil, en el panorama público, reestructurando las limitadas definiciones que constriñen actualmente un desarrollo diplomático e imaginativo.

Phyllis nos muestra también cómo la distorsión, la falta de legalidad, el engaño y la destrucción que emanan de la actual política exterior estadounidense provocan también catástrofes dentro de Estados Unidos, como lo serían la eliminación de derechos básicos y los recortes drásticos en los servicios sociales. Además, deja claro que nuestro particular estilo de racismo es un componente clave de todos estos hechos.

Phyllis invita al movimiento estadounidense por la paz a entender que, conectar con la mayoría de este país, con el “público convencional”, para construir un movimiento realmente significativo y representativo que pueda generar un cambio real, significa también interrelacionarse, colaborar y dialogar con las comunidades de color, que ostentan un papel protagonista en la lucha por la justicia, la paz y la supervivencia. Ese “público convencional”, insiste, no es una masa indefinida de comunidades blancas de clase media. El libro también pone de relieve la manera en que los nuevos movimientos por la paz han desarrollado, partiendo de experiencias pasadas y captando su esencia, tanto de liderazgo como de acción, la idea de que la paz no se puede alcanzar en ausencia de justicia. Si deseamos lograr un cambio significativo, nuestros movimientos deben abordar la cuestión del racismo, componente esencial de nuestras políticas.

Finalmente —y se trata de algo apremiante y de una importancia vital— el libro sitúa la terrorífica ocupación ilegal israelí de las tierras palestinas, y el apoyo que le brinda Estados Unidos, como pieza clave de la política estadounidense en la zona. Phyllis deja claro que no es posible ni aceptable eludir esta realidad durante más tiempo. Es por ello por lo que exige una oposición lógica, moral y racional a las ocupaciones duales de Palestina e Iraq.

Constantemente necesitamos más información, nuevas herramientas y análisis coherentes que nos ayuden en la próxima conversación. Sabemos que ésta no es una lucha a corto plazo, la lucha de nuestras almas, para dar lo mejor de nosotros en esta historia humana. Entendemos que nadie ha estado aún allí donde nos dirigimos. Sabemos en nuestras venas, en todas nuestras conciencias y en los ríos inconscientes de nuestras propias historias y voces, que la mera idea de la paz, la reivindicación de la democracia, la invención de un lenguaje y unos programas que nos permitan alcanzar estos objetivos, requieren el trabajo de muchas generaciones. También sabemos que debemos poner nuestra sabiduría, nuestra imaginación y nuestros corazones en el camino de los peligros que nos rodean, fortalecidos por aquellos que nos prestan sus hombros y por todos aquellos que, con valentía, abren nuevos caminos cada día.

Este libro nos ayudará en nuestra tarea.

—Danny Glover
(Copyright del prólogo © Danny Glover 2006)







PREFACIO (Actualizado en 2010)


La idea de este libro surgió a raíz de las extraordinarias experiencias que se vivieron en los primeros tres años del siglo XXI, cuando el gobierno de Estados Unidos, con George W. Bush a la cabeza, pasó de un imperialismo hasta cierto punto tradicional y prudente a una carrera extremista hacia el poder, el control de los recursos y la consolidación del imperio. A medida que los objetivos y los métodos unilateralistas y militares de esa iniciativa se fueron haciendo más y más evidentes en todo el mundo – antes incluso de los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001–, empezó a nacer un movimiento internacional contra el imperio.

En muchos países, activistas por la paz y la justicia global –que hacía tiempo que eran conscientes del peligro que planteaba el poder ilimitado e incontestable de Estados Unidos para todos los pueblos del mundo–, salieron a la calle acompañados de una multitud sin precedentes y con un fervor renovado. En las capitales de esos países, los gobiernos empezaron murmurando y, después, algunos se atrevieron a alzar la voz para expresar el temor que inspiraba a sus países y ciudadanos aquel hombre al que veían como un cowboy de Texas que campaba por el mundo a sus anchas. Y en las Naciones Unidas se produjeron los primeros desafíos diplomáticos al unilateralismo de Estados Unidos y a su desprecio por el derecho internacional, lo cual llevó a Washington a perder el puesto en algunos organismos clave de la ONU.

Los atentados del 11 de septiembre habían acallado en gran medida las críticas a las políticas del gobierno de Bush. El ataque, invasión y ocupación de Afganistán, iniciados el 7 de octubre de 2001, despertaron una oposición apasionada, pero relativamente pequeña. Sin embargo, la indignación diplomática y pública no tardó en llegar cuando se hizo evidente que Bush estaba llevando al mundo no sólo a una guerra contra Afganistán, sino también contra Iraq. Así, cuando se avecinaba el ataque contra Iraq, y las personas abarrotaron las calles con las monumentales manifestaciones antiguerra del 15 de febrero de 2003 y el New York Times anunció que había nacido una “segunda superpotencia”, estaba claro que ésta no sólo estaba compuesta por las personas de la calle.

Las personas representaban el núcleo, la fuerza y el poder; la firmeza del movimiento de resistencia mundial. Pero los movimientos populares fueron lo bastante poderosos como para obligar a algunos gobiernos —aunque éstos tuvieran sus propios motivos egoístas— a plantar cara a la guerra de Estados Unidos. Y finalmente, cuando hubo un determinado número de gobiernos dispuestos a decir no, la propia ONU se vio arrastrada, aunque no lo quisiera, hacia el bando antiguerra. Sería la confluencia de estos tres componentes lo que crearía, por un breve tiempo, un nuevo tipo de resistencia global, un nuevo tipo de internacionalismo —impulsado por las personas, ejecutado por los gobiernos y legitimado por las Naciones Unidas y su Carta— que, en última instancia, acabaría confrontando al imperio.

Lógicamente, las cosas no fueron tan sencillas como suenan. Todo el mundo estaba de acuerdo con que las personas y los movimientos sociales que gritaban “no a la guerra” ostentaban la mayor parte del poder. La mayoría de la gente también estaba de acuerdo con que los gobiernos debían convertirse en el objeto de esa presión mundial, y que la reivindicación clave debía ser que esos gobiernos no cedieran ante las exigencias estadounidenses. Pero era también mucha la gente que dudaba de que la ONU pudiera desempeñar algún papel, aunque fuera secundario, en ese desafío mundial al imperio. Las dudas tenían fundamento. Habían sido demasiadas las ocasiones en que la ONU —ya desde sus inicios— había sido presa del poder estadounidense, usada y maltratada como un instrumento de legitimación, como un manto multilateral bajo el que esconder toda una serie de pecados unilaterales. Muchos creían que las cosas no podían ser de otro modo. Pero en 2002 y 2003, la ONU les demostró, por un instante, que estaban equivocados.

Y fue así como durante aquellos ocho meses y medio, junto con los movimientos populares y una serie de gobiernos de lo más dispar, la ONU, sus dirigentes, su personal y su multitud de organismos hicieron frente a la guerra, oponiéndose al imperio y mostrándose implacables ante la presión. La situación fue efímera, pero dejó entrever la gran promesa de un modelo que se podría volver a construir, algún día, para hacer realidad ese pacto plasmado en la Carta de la ONU por la que ésta se compromete a

preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra (...) a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad.

Cuando escribí este análisis de los tres componentes del desafío internacionalista al imperio, reconocí ser consciente de que había dejado fuera muchas cosas. Puede que lo más llamativo —teniendo en cuenta su papel clave en la articulación de las movilizaciones mundiales contra la guerra— fueran las escasas líneas dedicadas al movimiento por la justicia global, contra la globalización empresarial y el proceso del Foro Social Mundial. La razón era muy sencilla. Y es que yo estaba mucho menos familiarizada con los actores y la evolución de ese movimiento, con su historia y dinámica en Estados Unidos y en el resto del mundo, antes de que se uniera a los sectores pacifistas más tradicionales del movimiento durante el auge del imperio de Bush. Mi trabajo hasta la fecha se había centrado más en los sectores pacifistas y antiimperialistas de los movimientos e, inevitablemente, eso es algo que quedó reflejado en este libro. Durante y después de aquellos años, tuve el gran privilegio de viajar por todo el mundo para reunirme con activistas, más y menos veteranos, y participar en acontecimientos de gran influencia para el creciente movimiento mundial por la paz y contra el imperio, e intenté plasmar parte del dinamismo, la pluralidad y el entusiasmo de ese movimiento en este análisis.

Puede que algunos critiquen esta investigación por analizar la guerra de Iraq y la resistencia a ella en el contexto del “imperio” sin poner todo el acento en las realidades económicas de esa carrera imperial —las privatizaciones, la anulación de leyes protectoras, los beneficios empresariales de la guerra, la concentración de poder económico—, de todas las consecuencias de esos rasgos de la globalización desenfrenada y de los movimientos que le plantan cara. Sin duda, el libro tendría un mayor rigor analítico si hubiera hecho mayor hincapié en esos elementos pero, de nuevo, todas las carencias en este ámbito del debate se hacen en parte eco de mi falta de conceptualización integral de los diversos componentes de nuestro movimiento. Pero de ese mismo modo, el auge y la riqueza extraordinarios del movimiento mundial contra la guerra refleja una de las singularidades clave del estilo imperial de Bush: aunque estuviera conformado en torno a un marco económico neoliberal tanto o más despiadado que cualquier imperio pasado, los primeros años de este imperio de principios del siglo XXI —al menos hasta que se desencadenó la crisis económica mundial en 2007-2008— estuvieron marcados por un protagonismo mucho mayor de los componentes político-estratégicos y, sobre todo, militares, del imperio.

El acento de Washington en sus guerras imperiales —especialmente en Oriente Medio y Asia Central Asia— supuso también el impulso de otros desafíos al dominio estadounidense, especialmente en América Latina, y en muchos casos sin que se produjera el tipo de respuesta militar inmediata que se podría haber dado en otro momento. El auge de gobiernos de izquierda y centro-izquierda en todo el continente, desde Chile a Argentina, pasando por Brasil, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Uruguay y Cuba, significaba que Washington ya no podía afirmar su dominio en su propio “patio trasero” sin toparse con resistencias.

Es evidente que, con ello, aparecieron y siguen planteándose nuevos retos, ya que los movimientos sociales asumieron el papel de autoridades tradicionales y se hicieron con un poder político popular sólo para enfrentarse a nuevos dilemas políticos y económicos una vez que la resistencia se transformó en gobernanza. Pero la influencia de Estados Unidos en todo el continente disminuyó. El gobierno colombiano, respaldado por Washington, se encontró con que era incapaz de justificar la presencia militar estadounidense en su territorio, mientras que el continente aplaudía la decisión de Ecuador de modificar su Constitución para prohibir toda base militar extranjera en el país y cerrar la base aérea estadounidense en Manta. Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos siguieron siendo el sueño de algunos gobiernos, pero ya no podían contar con el apoyo de los países vecinos. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), el nuevo Banco del Sur y, en cierta medida, el Mercosur representan un desafío directo a esos acuerdos. El golpe derechista que tuvo lugar en Honduras suscitó la condena unánime de toda la región; una condena tan rotunda que incluso los aliados clave de Washington, Colombia y México, se vieron obligados a secundarla.

En toda América Latina se abrieron debates sobre posibles alternativas al fundamentalismo extremo del libre mercado y a la fe ciega en las exportaciones, sea al precio que sea, que habían imperado hasta el momento. Este nuevo clima propició, por ejemplo, que Ecuador tomara la decisión de dejar bajo tierra importantes yacimientos de petróleo, protegiendo así el medio ambiente y los derechos de los pueblos indígenas, a cambio de que los países del Norte ayudaran a compensar por la pérdida de ingresos en este sector. En muchos países, muy particularmente en Bolivia con la llegada, por primera vez en la historia, de un cocalero indígena, Evo Morales, a la presidencia, los movimientos indígenas encabezaron una vanguardia que desembocó en una nueva constitución plurinacional que garantiza un papel más destacado a las comunidades indígenas en los procesos de toma de decisión sobre el desarrollo. Es también en Bolivia donde está naciendo una nueva concepción de los derechos humanos —que incluiría la defensa de los derechos del planeta, los derechos de la Madre Tierra o Pachamama—, que pone en tela de juicio los miopes derechos de los ricos y poderosos que durante tanto tiempo han conformado la carrera imperial de Estados Unidos.

De modo que este libro se centra en la oposición a aquellos elementos del imperio (militares, diplomáticos y políticos) que abrieron la puerta a alternativas. El internacionalismo tripartito que desafió en un principio la guerra de Iraq sigue siendo un modelo importante, aunque se necesitará mucho trabajo para reivindicar y reconquistar ese momento. Este libro espera contribuir a ese proceso.

De hecho, creo que es más importante que nunca. Hoy, casi una década después de que Estados Unidos lanzara su ataque contra Afganistán como primer paso de su devastadora “guerra global contra el terror”, y más de siete años después de que el Pentágono pusiera en marcha su operación de “conmoción y pavor” en Bagdad, tanto Afganistán como Iraq siguen bajo ocupación. Tras sus primeros 20 meses en el Despacho Oval, el presidente Barack Obama, que fue en gran parte elegido porque prometió acabar con lo que una vez llamó la “guerra estúpida” de Iraq, había recortado algunas tropas en el país pero mantenía allí a unos 50.000 soldados —rebautizados para la ocasión como “tropas de combate y fuerzas especiales”— y a más de 75.000 mercenarios de apoyo a esas fuerzas y ocupando el país.

El presidente Obama reiteró su intención de respetar el acuerdo que Bush había firmado con el gobierno iraquí proestadounidense de retirar las tropas y todos los contratistas militares controlados por el Pentágono para fines de 2011. Pero era no era fácil tomarse esa promesa muy en serio. El acuerdo, repleto de lagunas, permitía que permanecieran en Iraq un número indefinido de contratistas militares dependientes de Estados Unidos (siempre que estuvieran pagados oficialmente por el Departamento de Estado o por cualquier otro organismo en lugar del Pentágono). Militares y funcionarios estadounidenses de alto rango siguen afirmando que la presencia militar a largo plazo después de 2011 es inevitable.

En Afganistán, por otro lado, el presidente Obama mantuvo su promesa electoral —aunque fuera una promesa que muchos de sus simpatizantes habían ignorado— de intensificar la guerra. En sus primeros dos meses de mandato, Obama envío 21.000 soldados adicionales para dar apoyo a la ocupación encabezada por Estados Unidos y la OTAN. En diciembre de 2009, tras cuatro meses de debate interno en la Casa Blanca y en plena crisis económica, volvió a repetir el gesto con el envío de 30.000 soldados más, a un coste extra de 33.000 millones de dólares. Con ese dinero, podría haber creado 600.000 puestos de “empleo verde” para algunos de los millones de recién desempleados en su propio país y guardar aún algunos miles de millones para empezar a pagar la enorme deuda de Washington para con el pueblo afgano. La solución de compromiso que se anunció fue que Obama comenzaría al menos una especie de proceso de retirada en agosto de 2011. Sin embargo, altos cargos del ejército y del gobierno de Obama siguen asegurando a los sectores militaristas —tanto dentro como fuera del Congreso, que insisten en que Estados Unidos debe “aguantar hasta el final” en Afgánistan— que cualquier iniciativa de retirada para mediados de 2011 debe estar “basada en condiciones” y no en un calendario determinado.

Cientos de miles de iraquíes y afganos han muerto y siguen muriendo bajo las balas de la ocupación. Jóvenes soldados estadounidenses, que se alistan empujados por el desempleo y la falta de oportunidades a un ejército falsamente llamado “voluntario”, siguen volviendo a casa lisiados y con desórdenes mentales y lesiones cerebrales.

El mundo dijo “no” a la guerra, pero la guerra continúa. Eso no significa, sin embargo, que el nuevo internacionalismo —esa colaboración entre movimientos sociales populares, unos gobiernos reacios y unas vacilantes Naciones Unidas— haya fracasado. Ese internacionalismo mostró al mundo qué es una “segunda superpotencia” que cuestiona el imperio de Washington. Impidió falsas pretensiones de legitimidad internacional y dejó claramente al descubierto la ilegalidad de las invasiones estadounidenses. Generó nuevas presiones para que la OTAN y otros gobiernos aliados retiraran sus tropas de Iraq y Afganistán, dejando a Estados Unidos más aislado que nunca, con lo que se puso más de manifiesto que Iraq y Afganistán son guerras de Washington, no del mundo.

Así, aunque el nuevo internacionalismo que conformó la resistencia mundial a las guerras de Washington no consiguiera detener las guerras en Afganistán e Iraq, no debemos afirmar —y no debemos creer— que esa resistencia no tuviera ningún impacto. La “segunda superpotencia” obligó a Estados Unidos a asumir una posición defensiva, por lo que las posibles amenazas militares que se presentarían después se tuvieron que tratar con más precaución. Es cierto que aún planea la amenaza de un ataque militar de Estados Unidos (o Israel) contra Irán, pero a pesar de las poderosas voces conservadoras que abogan por él, la oposición de los pueblos, los gobiernos y la ONU a la guerra de Iraq hace que esa amenaza sea mucho menos probable. Cada una de las guerras de Estados Unidos, presente o en ciernes —en Iraq y Afganistán, en Pakistán, Yemen o Somalia— se debe ahora justificar reconociendo los límites y estableciendo una estrategia futura de salida, aunque éstas sean insuficientes o falsas. La oposición a la guerra de Iraq fue el factor único más importante que condujo al primer presidente afro-estadounidense a la presidencia, una realidad inimaginable hace apenas unos años. Y es muy probable que esa oposición crezca y se acentúe a medida que la gente se vaya dando cuenta del alto coste social y económico que conllevan esas grandes campañas militares.

La resistencia mundial que construimos en 2002-2003 creó un ejemplo de cómo podemos hacer frente al imperio estadounidense y desafiarlo. Vistos con la perspectiva de la historia, aquellos meses extraordinarios podrían acabar entendiéndose como el momento en que el proyecto imperial de Washington alcanzó su cúspide y comenzó su larga y dolorosa decadencia. Y nos ofrece, además, un modelo al que apuntar a todos aquellos y aquellas que seguimos comprometidos con la lucha contra la guerra y el imperio.

Phyllis Bennis, septiembre de 2010



1. INTRODUCCIÓN



El 15 de febrero de 2003, mientras el sol estival se despertaba en el Pacífico Sur, decenas de miles de personas comenzaron a congregarse en Nueva Zelanda y Australia para protestar por la inminente guerra de Estados Unidos contra Iraq. Apenas unas horas después, el sol encontró en su camino a otros cientos de miles de personas tomando las calles de Manila, Yakarta y Nueva Delhi, extendiéndose desde la península asiática hasta las nieves del Asia Central, pasando por Sudáfrica desde Durban a Johannesburgo, reuniéndose en pequeñas ciudades y desplegándose hacia el norte y el oeste, atravesando Oriente Medio hasta alcanzar las capitales europeas más frías. Las protestas cruzaron el Atlántico hasta decenas de ciudades latinoamericanas y más de 400 municipios estadounidenses en pleno invierno. Aquel día, la gente de todo el mundo, desde Fiji —donde, el día anterior, los activistas contra la guerra habían celebrado una manifestación de San Valentín dirigida a los representantes de los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y Australia—, hasta la Antártida — con sus manifestaciones en la base McMurdo y en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur— se alzó en protesta contra los tambores de guerra de Estados Unidos, reivindicando un mundo más pacífico. Como explicaba Paolo Calisse desde la Antártida, aquí “nunca ha habido guerras y (...) todos los países reconocen que la única manera de sobrevivir pasa por la colaboración”.

En Nueva York, el número de pacifistas concentrados frente a la sede de las Naciones Unidas, a orillas del East River, sobrepasó el medio millón, a pesar de los esfuerzos policiales por desviar a otras decenas de miles de manifestantes que intentaban alcanzar el lugar. Allí, por el enorme escenario con vistas a la inmensa multitud que, tiritando, desafiaba al viento glacial en el día más frío del año, desfilaron activistas, políticos, y personas del mundo cultural y artístico repitiendo la consigna que recorrió todo el mundo durante aquellas 24 horas:“el mundo dice no a la guerra”.

Las manifestaciones más multitudinarias se dieron en aquellos países cuyos gobiernos, a pesar de la abrumadora oposición de los ciudadanos, apoyaban la iniciativa bélica de Bush. Se calcula que, en Roma, hasta dos millones de personas salieron a las calles para gritar contra el compromiso de Silvio Berlusconi de enviar tropas a Iraq. En Londres, un millón de manifestantes protestó contra Tony Blair y su respaldo a la guerra de George Bush. En España, que seguía presidida por el gobierno belicista de Aznar, se celebraron también grandes concentraciones. Sólo en Barcelona, salieron a la calle 1,3 millones de personas. También los búlgaros recriminaron a su gobierno que apoyara la guerra de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad con pancartas que reclamaban:“envíen inspectores de armas a Estados Unidos”.

Así, para cuando empezaron los primeros actos en Nueva York, manifestantes de todo el mundo ya habían ocupado las calles de más de 660 ciudades de todo el mundo. Según el Libro Guinness de los Récords 2004, aquella fue la protesta más multitudinaria de toda la historia. Más de 12 millones de personas se habían movilizado para decir ‘no’ al militarismo de Bush,‘no’ al unilateralismo y al imperio,‘no’ a la guerra.

Fue un fin de semana extraordinario. En Nueva York, los actos mundiales programados para el 15 de febrero habían arrancado, de hecho, el día anterior. Aquel viernes por la mañana, los principales medios de comunicación estadounidenses, finalmente, se habían dado cuenta de que se estaba fraguando un acontecimiento histórico, con la reunión del Consejo de Seguridad y las manifestaciones previstas para el día siguiente. La CNN destinó a un periodista y su equipo para cubrir la “sección pacifista”, y éstos se pasaron el día en la oficina de Unidos por la Paz y la Justicia (UFPJ), cuya sede se encontraba en el edificio de 1199, el mayor sindicato neoyorquino. Cada hora realizaban entrevistas en directo y filmaban tomas del caos que reinaba en la oficina. Después, nos enteramos de que la CNN había recibido quejas de los más altos funcionarios de la delegación estadounidense ante las Naciones Unidas. Pero la información siguió llegando.

Yo también estaba en la oficina de UFPJ, sentada en el suelo junto a un pequeño transistor y tomando notas de la reunión del Consejo de Seguridad. El secretario de Estado, Colin Powell, había instado a los ministros de Exteriores —y no sólo a los embajadores ante la ONU— a asistir a esta reunión para oír los informes “finales” de Hans Blix y Mohamed el-Baradei, los dos inspectores de armas de la ONU para Iraq. Muchos habían previsto que sus informes legitimarían, de algún modo, las declaraciones de Bush con respecto a las armas de destrucción en masa o que, al menos, serían lo bastante ambivalentes como para justificar la guerra. Pero no lo fueron. Ambos se mostraron cautos, mantuvieron un discurso matizado y —como supimos más tarde— presentaron un informe muy detallado y preciso sobre la reducción del programa armamentístico iraquí.

Una vez presentados los informes, el ministro de Exteriores francés, Dominique de Villepin, realizó una intervención insólita, afirmando que “la ONU debería ser un instrumento para la paz y no una herramienta para la guerra”. En la oficina de UFPJ no había televisión, pero cuando oí los aplausos que estallaron tras su discurso me hice una perfecta idea del aspecto que ofrecería la sala del Consejo. La estruendosa ovación de los diplomáticos era algo realmente inaudito en lo que suele ser un espacio tan serio y formal.

El sábado por la mañana, desde muy temprano, empezaron a verse grupos de personas con pancartas que acudían al lugar de la concentración. A las nueve, ya había empezado la misa ecuménica, dirigida por el arzobispo sudafricano Desmond Tutu y otra veintena de personalidades religiosas en representación de toda una serie de credos, en una iglesia situada a pocas manzanas de la ONU. Tras la misa, algunos de nosotros recorrimos, junto con el arzobispo Tutu (y una escolta policial ya formada con tal fin), las cuatro o cinco manzanas, totalmente desiertas y bajo control policial, que separaban la iglesia de la ONU. El cantante, activista y actor Harry Belafonte, su mujer Julie y yo acompañábamos al arzobispo a un encuentro con el secretario general de la ONU, Kofi Annan. Todos los guardias de seguridad de la ONU (y, de hecho, todos los agentes de la policía de Nueva York, casi todos ellos negros) mostraron una gran deferencia con nuestro grupo, deseosos de establecer contacto visual o intercambiar alguna palabra con Tutu y, después, en cuanto reconocían a Belafonte, la sorpresa parecía duplicarse.

La reunión con Annan fue breve. Las presentaciones corrieron a cargo del arzobispo Tutu, que explicó

estamos aquí en representación de todas las personas que hoy se están manifestando en 665 ciudades de todo el mundo. Y estamos aquí para deciros que todos los que hoy hemos salido a la calle reivindicamos la ONU como propia, como parte de nuestra movilización mundial por la paz.

Fue un momento excepcional; un momento que marcaba el nuevo vínculo que había surgido entre las Naciones Unidas y el creciente movimiento pacifista internacional. Evidentemente, se trataba también de lo último que Annan deseaba escuchar en aquellos instantes. Sus amigos, defensores de la ONU, presionándolo para que hiciera exactamente lo contrario de lo que Washington le instaba a hacer. El arzobispo Tutu aludió a la importancia de la ONU para evitar los conflictos bélicos. Belafonte habló del alcance de la oposición a la guerra en todo el mundo; su mujer se refirió a la destrucción que conlleva toda contienda y lo que eso supone para madres y abuelas; y yo hablé del compromiso del movimiento antiguerra para defender el papel de la ONU como un instrumento de paz y contrario a la guerra. El secretario general se mostró muy prudente. Nos dijo que esperaba que los diplomáticos que volvían a sus países tras la reunión del viernes fueran capaces de llegar a un arreglo que evitara el conflicto armado.(Dos horas más tarde, concedió una entrevista a la televisión de Abu Dhabi en que declaró —por primera vez— que, en caso de que fuera necesario recurrir a la fuerza, haría falta una segunda resolución de la ONU. En aquel momento, esto suponía un viraje importante).

Belafonte llevaba en el abrigo una de aquellas chapas azules con la leyenda “El mundo dice no a la guerra” y, mientras nos íbamos recubriendo de capas de ropa antes de volver a salir al frío, Annan se inclinó hacia él para preguntarle qué era aquello. Rápidamente, me saqué otra del bolsillo y se la di al secretario general.

La multitud abarrotaba ya la Primera Avenida hasta donde alcanzaba la vista —que llegaba, más o menos, al puente de la Calle 59— y nos llegaban noticias de que había gente a la altura de las calles 70, al este, e incluso más allá. Aquella fue la primera vez que vi una muchedumbre que se pareciera tanto a Nueva York y a este país. Era una auténtica mezcla de razas, etnias y generaciones, con activistas de toda la vida y personas que se manifestaban por primera vez, con liberales acomodados enfundados en sus pieles, auténticos contingentes de celadores de hospital y dinamizadores de barrio. Un fiel reflejo de ese auténtico Estados Unidos del que hablan con tal éxtasis algunos comentaristas.

Los medios de comunicación, por fin, lo habían entendido, y no faltaba ni uno. Me hicieron un montón de entrevistas, desde al-Jazeera a la revista del New York Times, pasando por la fantástica plataforma de grupos de medios independientes que reunía a Democracy Now!, Pacifica Radio, Free Speech TV, y otros muchos en una iniciativa común que se encargó de la única retransmisión en directo de toda la concentración. Se respiraba una increíble sensación de poder y de que, por primera vez desde hacía mucho tiempo, nos encontrábamos al borde de un cambio radical. Fue una jornada muy emotiva —a mí me dio por echarme a llorar cada dos por tres, y creo que no fui la única— y se derramaron muchas lágrimas tras el escenario, en la carpa donde recuperábamos fuerzas.

Belafonte instó al movimiento estadounidense a alzarse contra la guerra y el imperio, recordándonos que nuestro movimiento podía transformar el mundo y que el mundo contaba con nosotros para hacerlo.“El mundo ha vivido momentos de gran angustia ante el temor de que existiéramos”, dijo.

Pero Estados Unidos es un país grande y diverso, y nosotros formamos parte de esa verdad mayor que conforma nuestra nación. Por eso, defendemos la paz, defendemos la verdad de lo que hay en el corazón del pueblo estadounidense. Y pensamos marcar la diferencia. Ése es el mensaje que hoy enviamos al mundo.

Después de Belafonte, subió al escenario su gran amigo y compañero durante muchos años Danny Glover, actor y activista. Habló de antiguos héroes, de Sojourner Truth, Harriet Tubman y del gran Paul Robeson. Y después gritó:“hoy estamos aquí porque nuestro derecho a discrepar y nuestro derecho a participar en una auténtica democracia han sido secuestrados por aquellos que claman por la guerra. Nosotros permanecemos firmes en este umbral de la historia y les decimos ‘¡no en nuestro nombre’!”. La multitud, temblando por el frío cortante que barría la zona, tomó el relevo y las calles de Nueva York resonaron al eco de “¡no en nuestro nombre!¡no en nuestro nombre!¡no en nuestro nombre!”.

Habíamos pedido a todos los oradores que redujeran sus intervenciones del máximo de dos minutos acordado inicialmente —que ya era ridículo— a sólo 90 segundos. No estoy segura de cuántos se ajustaron a la petición, pero el programa fue avanzando con bastante rapidez.¿Qué puedes decir en apenas 90 segundos? Había incluso un tipo con carteles gigantes arrodillado a unos 10 metros del escenario que, 30 segundos después de empezar a hablar te indicaba “UN MINUTO”, después “30 SEGUNDOS” y, por último,“FIN”.

Poco después, alguien de entre bastidores recibió una llamada (¿qué hacíamos antes de tener móviles?) sobre una nota de prensa de Associated Press (AP) que acababa de salir. Apuntaron las dos líneas de la noticia en el reverso de un panfleto. Hubo una apresurada discusión:¿debíamos hacerlo público o esperar? Pero pronto nos dimos cuenta de que se trataba de una noticia bomba y de que todo el mundo debería conocerla cuanto antes. Así que Leslie Cagan me dijo:“Phyllis, tú eres una persona cercana a la ONU. Tienes que hacerlo”. Y me hizo volver al escenario.

Sólo añadí una frase de cosecha propia mientras contemplaba aquella enorme masa de gente que, para entonces, ya había adquirido dimensiones colosales, e incluso diría históricas.“Si hay alguien aquí que crea que nuestra protesta no importa”, dije,“escuchad esto”. Y, a continuación, leí la nota de AP:

Sorprendidos por un apabullante movimiento internacional contra la guerra, Estados Unidos y el Reino Unido comenzaron el sábado a reelaborar un proyecto de resolución que autorice el uso de la fuerza contra Saddam Hussein. Algunos diplomáticos, que desean permanecer en el anonimato, declararon que el resultado final podría ser un texto más comedido que no exhorte a la guerra de forma explícita.

La multitud lanzó un grito ensordecedor. Leer aquella noticia, en aquel momento, en aquel lugar y ante aquel público fue, seguramente, uno de los mayores privilegios que me regale la vida. Había allí medio millón de personas reunidas por una misma causa, marcando la diferencia.

El programa, la logística, el servicio de prensa y de seguridad y, en fin, los miles de detalles que hacen que sea posible —no hablemos ya de triunfal— una concentración de tal calibre ante la policía y la intransigencia del gobierno, se realizaron de forma brillante. La organización —en sólo seis semanas— resultó ser, sorprendentemente, todo un éxito y, además, fue realmente global y novedosa en todos sus aspectos.

Incluso el New York Times admitía el cambio en el equilibrio de fuerzas internacionales. Volvía a haber “dos superpotencias en el planeta”, rezaba el titular de su portada:“Estados Unidos y la opinión pública mundial”. Esta definición no sólo captaba el dinamismo de los acontecimientos de aquella jornada, sino también la idea de que el gran desafío al que se debía enfrentar la guerra unilateral de Washington se hallaba en las calles, en las grandes manifestaciones que habían movilizado a millones de personas de todo el mundo. Aunque puede que los periodistas no comprendieran del todo lo que se estaba cociendo, es evidente que el Times se dio cuenta de que algo, de alguna forma, era distinto.

Ya antes se habían convocado manifestaciones, y se volverían a convocar muchas otras. Activistas internacionales de muchos países ya habían organizado protestas simultáneas anteriormente. El duro trabajo de generar un movimiento seguiría adelante, independientemente de si se conseguía que se atendieran las exigencias de una movilización concreta. Lo distinto en esta ocasión fue el poder que surgió a raíz de la unión de los tres principales componentes que, poco después, se convertirían en la segunda superpotencia: el movimiento mundial de los pueblos fortalecido por el llamamiento unitario para detener la guerra de Washington; los diversos gobiernos que reconocieron que la iniciativa bélica de Estados Unidos no favorecía a sus intereses y respondieron (fueran cuales fueran sus motivaciones) a las movilizaciones contra la guerra de sus ciudadanos negándose a aceptar las exigencias de Washington; y las propias Naciones Unidas que, en aquel momento histórico, desafiaron a la presión de Estados Unidos y recurrieron a los mandatos que le otorga la Carta. Así, las multitudinarias manifestaciones populares forzaron decisiones gubernamentales que, a su vez, permitieron que las Naciones Unidas adoptaran una actitud desafiante y, finalmente, todo ello, fortaleció y mejoró las capacidades de la sociedad civil mundial.

La única superpotencia del mundo acababa de encontrar la horma de su zapato.

El imperio en auge

En enero de 2004, el vicepresidente Dick Cheney adoptó un tono muy agresivo en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, explicando a las personalidades allí reunidas que “si fuéramos un auténtico imperio, gobernaríamos sobre una parte mucho mayor de la superficie terrestre. No es así como actuamos”.

En el sentido más estricto, la afirmación era cierta. Gobernar directamente un territorio, como en Afganistán e Iraq desde 2002 y 2003, respectivamente, nunca fue la única manera elegida por Washington para dominar a otros países y controlar recursos estratégicos. Cheney confirmó lo que incluso el New York Times tildó de “una defensa impenitente de la amenaza de la administración a emplear la fuerza militar”. Pero, por obsoleta que esté la actual cruzada estadounidense por el dominio mundial —comparada con otras medidas más modernas para controlar territorios y recursos estratégicos—, la ofensiva imperial del gobierno Bush debe tener en cuenta, inevitablemente, las nuevas realidades de principios del siglo XXI.

Sin duda, las campañas que persiguen el poder y el imperio no representan, de por sí, un fenómeno nuevo. El auge de una única superpotencia mundial tiene ya precedentes históricos. Al fin y al cabo, todos los demás imperios –los romanos, los mongoles, los bizantinos, los otomanos, los británicos– tuvieron su momento bajo el sol y controlaron gran cantidad de territorios, pueblos y tesoros. Los derechos del imperio —exoneración del derecho internacional, lealtad impuesta a los estados vasallos y derecho exclusivo a gozar de las ventajas del poder— siguen vigentes hoy día.

Este gobierno de Bush, con su unilateralismo militarizado, se ha dedicado, desde su polémica ascensión al gobierno en 2001, a consolidar una fuerza mundial más poderosa, con un alcance militar más firme, una influencia cultural más profunda, un mayor peso económico y una capacidad diplomática, estratégica y política mayor que la de cualquier imperio que le haya precedido en la historia.

Está claro que, con la guerra de Iraq, se buscaba petróleo. Y es también evidente que se pretendía ampliar la presencia militar estadounidense en toda la región, crear un “arma de distracción masiva” para influir en las elecciones estadounidenses de noviembre de 2004 y minar la legitimidad de las Naciones Unidas y el derecho internacional. No obstante, por encima de todo, la guerra de Iraq fue una cuestión de poder. Y es precisamente por eso por lo que el arrogante unilateralismo que caracterizó al período previo a la guerra reflejó un orgullo tan desmedido. Era la arrogancia de la autoridad absoluta, la arrogancia de aquellos que argüían que, como Estados Unidos poseía el poder para dominar, poseía también el derecho de hacerlo. Y que, puesto que el ejército y los arsenales nucleares de Estados Unidos eclipsan a los del resto del mundo combinados, emplear todos esos instrumentos mortíferos no estaba del todo mal. Y, dado que eran los estadounidenses los que ostentaban ese poder desmesurado, el uso de éste era, en cierta medida, de una legitimidad inherente, congénita.

No cabe duda de que los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 ayudaron a Washington y a la Casa Blanca a ganarse una falsa legitimidad y el consentimiento del público estadounidense frente a las nuevas exigencias del imperio. Sin embargo, la campaña de Washington para consolidar el imperio no sólo se enraíza en los sueños expansionistas del conciliábulo neoconservador y militarista que actúa como centro de operaciones de la Casa Blanca de Bush júnior, sino que se remonta a la historia antigua y no tan antigua.

Lo novedoso con respecto a imperios anteriores estribaba en el asombroso nivel de poder globalizado que Washington ha concentrado en el nuevo centro imperial. No es por nada que los intelectuales franceses de principios del siglo XXI empezaron a describir a Estados Unidos como una “hiperpotencia”. El empuje del imperio estadounidense, que se extiende hasta los mismos cielos y alcanza incluso el espacio, sobrepasaba, seguramente, los sueños de cualquier legionario romano. Disponía de acceso a riquezas que harían empequeñecer incluso a los ladrones coloniales más predadores del rey Leopold. Su control diplomático era más implacable que el del conjunto del círculo de emisarios de la reina Victoria. Y su influencia cultural superaba con creces la imaginación de los filósofos atenienses más utópicos

La otra novedad radicaba en que el vasto alcance de este nuevo imperio seguía siendo insuficiente para responder a los desafíos del siglo XXI. Estados Unidos pudo invadir Iraq y apresar a Saddam Hussein, pero su ocupación militar y sus despiadados planes privatizadores se enfrentaban a una creciente resistencia militar y a una profunda crisis de legitimidad, como se puso de manifiesto con las generalizadas demandas populares para que los soldados volvieran a casa. El imperio estadounidense estaba dispuesto a entrar en guerra prácticamente en solitario, incluso frente a la oposición sin precedentes de la ONU, con su pequeña coalición de coaccionados dando una falsa apariencia de credibilidad internacional. Pero, incluso años después de la guerra de Washington, el imperio no lo tuvo fácil para reparar sus antiguas alianzas, echas trizas con la guerra. Estados Unidos seguía apoyando de forma incondicional —desde el punto de vista económico, militar y diplomático— la ocupación israelí de Palestina, aunque la creciente brutalidad de dicha ocupación dificultaba las iniciativas estadounidenses para imponer la estabilidad y la “democracia” en Oriente Medio. Estados Unidos siguió ejerciendo un notable dominio sobre el curso de la globalización empresarial, pero ni siquiera los mayores esfuerzos de la superpotencia por reformar las normas del comercio internacional pudieron evitar que el Grupo de los 20, encabezado por Brasil, rompiera los grilletes con que Washington intentaba atar la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que tuvo lugar en Cancún en 2003.

Y el hecho de que esa “segunda superpotencia” que pone en entredicho el poder de Estados Unidos incluya a sus propios ciudadanos constituye una diferencia clave entre el imperio estadounidense y sus predecesores. Mientras aquellos otros imperios fueron derrotados desde el exterior, a sangre y fuego, mediante el uso de la violencia, los ciudadanos de Estados Unidos desempeñaron —y siguen haciéndolo— un papel protagonista en la creación de un movimiento global. Los activistas estadounidenses, uniendo esfuerzos con sus homólogos de la sociedad civil internacional, una serie de gobiernos de todo el mundo e incluso la propia ONU, generaron campañas que perseguían acabar con este último imperio desde dentro de sus fronteras. Y, para ello, no utilizarían armas bélicas, sino los instrumentos de la no violencia y la democracia.

Por eso mismo, los sueños de la Casa Blanca de consolidar un imperio, una era de pax americana, siguen sin hacerse completamente realidad.

La Guerra del Golfo de 1991 y la hiperpotencia

En enero de 1991, en vísperas de la que sería la primera guerra de Estados Unidos contra Iraq, el gran erudito paquistaní Eqbal Ahmad intervenía en un seminario celebrado en Nueva York y retransmitido en directo por una emisora de radio nacional. Aquella noche inolvidable, la gente de todo Estados Unidos se detuvo a escuchar sus palabras —en salones, sindicatos, residencias universitarias y sótanos de iglesias—, tomando un respiro de la implacable campaña que estaba intentando, aunque infructuosamente, evitar lo que ya se entendía como una guerra inevitable.

Eqbal hizo un repaso de la historia de la guerra, explicando cómo, 300 años antes, Europa y Estados Unidos habían luchado por sus colonias y cómo habían destruido territorios y pueblos enteros.“Los siglos XVII, XVIII y XIX fueron testigos de la exterminación genocida de grandes civilizaciones”, explicó.

Los grandes mayas, los incas, los aztecas y las naciones indias de Norteamérica; la conquista y subyugación del resto de la humanidad. Al final, incluso la India fue colonizada; al igual que China, toda África y, en última instancia, Oriente Medio. Éstos fueron los siglos que presenciaron la transformación, forzosa y sangrienta, de la tierra y el trabajo en mercancías, en el sentido capitalista de la palabra. La esclavitud no era sino una manifestación más de esta realidad; las otras, se hacían patentes con la conversión de tierras comunes en Estados individuales y con el desposeimiento sistemático de naciones y pueblos.

Se masacraron pueblos enteros, se destruyeron civilizaciones enteras, dijo. Y aún así, pocos hablaban de aquellas guerras en los países coloniales.

Durante su charla, Eqbal nos recordó que “las guerras de codicia y expansión fueron vientos sembrados que cosecharon tempestades. Los pobres coloniales de Occidente se enfrentaron a los ricos. Los europeos libraron una guerra entre sí, la llamaron Guerra Mundial e incluso le asignaron un adjetivo ordinal: Primera”. Y después, pasados unos años, volvieron a luchar entre ellos y bautizaron el acontecimiento como Segunda Guerra Mundial. Y aún entonces, seguían sin referirse a las anteriores guerras coloniales que habían barrido pueblos enteros de la faz de la tierra. Y Eqbal miró fijamente a todos aquellos que lo escuchaban, absortos, en el seminario de Nueva York, y se dirigió a todos los que lo escuchaban por todo el país, y dijo:“la historia de nuestro tiempo está plagada de holocaustos de los que no queda constancia”.

Apenas unos días después, cuando Washington inició la guerra de 1991 contra Iraq, cuando los bombarderos estadounidenses iluminaron los cielos de la noche bagdadí, si algo estaba claro era que de esta guerra sí quedaría constancia. Allí estaba la CNN desde un buen principio, retransmitiendo los bombardeos a todo el mundo.

De hecho, aunque Washington había conseguido compeler a las Naciones Unidas para que respaldaran su guerra, tanto el Consejo de Seguridad como el secretario general de la ONU se enteraron de que ésta ya había empezado a través de la CNN. Aquella noche, el Consejo estaba celebrando una sesión —no sobre la crisis iraquí, sino sobre la cuestión palestina— cuando un reportero bajó hasta la cámara del Consejo, donde esperaba un grupo de periodistas. Llegó corriendo y gritando:“algo está pasando en el cielo de Bagdad; no sabemos qué es, pero hay algo. Está en la CNN”. Así que los embajadores ante el Consejo, el personal de la ONU y el propio secretario general supieron que Washington había llevado al mundo a la guerra gracias a un guardia de seguridad de la organización que había oído por casualidad los comentarios del revuelo de periodistas.

La guerra de 1991 y los años de sanciones que le sucedieron no sirvieron de nada para acabar con la represión gubernamental que había caracterizado a Iraq durante 20 años; una represión que no sólo había sido tolerada, sino también socorrida, armada, financiada y apoyada por Estados Unidos. Pero la guerra conduciría a la destrucción de gran parte de la historia antigua —y de la civilización— de Iraq, minaría su presente moderno y amenazaría la salud y la misma vida de su futuro.

Tras el “éxito” con que culminó la destrucción de Iraq, en un tiempo récord, el uso del poder militar de Estados Unidos fue aumentando a lo largo de la década de 1990. Las invasiones solían presentarse bajo el eufemismo de “intervenciones humanitarias”. El despliegue de tropas y bombarderos estadounidenses en Haití, Somalia, Bosnia y Kosovo, así como las despiadadas decisiones de ignorar crisis acuciantes estimadas menos importantes desde el punto de vista estratégico, como el genocidio de Ruanda en 1994, sólo sirvieron para acrecentar la militarización de la política exterior de Estados Unidos y socavar las posibles soluciones pacíficas.

Durante aquellos años, Bill Clinton disfrazó bajo la máscara del “multilateralismo firme”—o “afirmativo” o “asertivo”, como también se ha llamado— la realidad de una tendencia cada vez más unilateral, lo cual creó el marco necesario para la subida al poder de George W. Bush en 2001. Incluso antes de los atentados del 11 de septiembre de aquel mismo año, el nuevo gobierno de Bush se dirigía ya hacia el completo abandono del derecho internacional, el rechazo de las instituciones y los instrumentos multilaterales, y el establecimiento de una ley deliberadamente imperial.

Cuando el gobierno de Bush júnior ocupó la Casa Blanca, se intensificó la estrategia de la época de Clinton de presentar el militarismo unilateral como “intervención humanitaria”. Los principales actores de la política exterior de Bush y sus equipos de seguridad internacional coincidieron en que, después de que la Guerra Fría pasara a la historia y Estados Unidos hubiera pasado a ser una potencia mundial sin igual, iba siendo hora de dejar bien clara la legitimidad y la capacidad de Estados Unidos para autodeclararse dirigente del mundo. Llegaba así la época del incontestado dominio estadounidense.

No obstante, en el seno de ese amplio acuerdo político, surgieron también importantes divisiones estratégicas sobre cómo sería la mejor forma de mantener la dominación de Estados Unidos. Este debate se inició justo al principio de la nueva presidencia, durante las sesiones de confirmación de los candidatos al gabinete de Bush que tuvieron lugar a principios de 2001. El debate se hizo especialmente visible entre el secretario de Estado, Colin Powell, por un lado, y los jefes del Pentágono, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y su segundo en el cargo, Paul Wolfowitz, por el otro. Entre la directiva civil del Pentágono había, por una parte, militaristas nacionalistas chapados al viejo estilo de la Guerra Fría, como Rumsfeld, que había comunicado a Bush, incluso antes de que su gobierno asumiera el poder, que creía que el poder militar de Estados Unidos era necesario para “ayudar a disciplinar al mundo”. Y, por la otra, estaban los ideólogos neoconservadores y otros personajes que compartían la idea visionaria de ir derrocando tiranos y estableciendo una “democracia” al estilo estadounidense en todo el mundo.

Las divisiones en el seno de la administración podrían quizá caracterizarse como la brecha entre la dependencia del multilateralismo dominado por Estados Unidos (impuesto por decreto y manu militari cuando haga falta) y la reafirmación unilateralista del poder militar como opción preferente para una superpotencia indiscutible que no tiene por qué prestar demasiada atención a los intereses de sus aliados ni a las presiones que los afectan.

Powell imaginaba un “consenso” internacional dominado por Estados Unidos, por artificial o coercitivo que fuera, en cuyo nombre se podrían imponer las políticas estadounidenses al resto del mundo. Frente a éste, se encontraba un núcleo que los medios de comunicación estadounidenses pronto apodaron como "el conciliábulo”, agrupados en torno al subsecretario y a la semioficial Junta de Políticas de Defensa de los halcones de línea más dura del Pentágono. Para ellos, la primera opción pasaba por la reafirmación unilateral del poder de Estados Unidos, sobre todo del militar. Y su fe en los beneficios que reporta una superpotencia incontestable desembocó en el convencimiento de que Estados Unidos no debe prestar demasiada atención a las opiniones de sus aliados.

Bajo la presidencia de Bush, la movilización militar de Estados Unidos fue acompañada por la abierta legitimación política del unilateralismo, con peticiones concretas para “desfirmar” algunos acuerdos (el Tribunal Penal Internacional), retirarse de otros ya en marcha (el Tratado sobre mísiles antibalísticos, el Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares) y no sumarse a los que se estaban elaborando (el Protocolo de Kioto, el nuevo protocolo para fortalecer el tratado de armas biológicas). El claro viraje retórico de Bush, del supuesto multilateralismo de Clinton hacia la ostentación, manifiesta y oficial, de un poder unilateral, puso nerviosos a muchos países. La gente, planteando una gran variedad de reivindicaciones, tomó las calles de capitales de todo el mundo para desafiar las duras afirmaciones de Bush y exigir a sus gobiernos que plantaran cara a la creciente presión de Estados Unidos. Ante esto, gobiernos de todo el mundo respondieron haciendo de las Naciones Unidas un lugar clave para poner sobre la mesa el creciente cuestionamiento diplomático de Estados Unidos. El 3 de mayo de 2001, apenas cinco meses después de que Bush asumiera su primer mandato, Estados Unidos perdió el puesto en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, al no conseguir la reelección en el “Grupo de Estados de Europa Occidental y otros Estados” por primera vez desde la creación de la Comisión. Un mes después, Estados Unidos perdió el puesto en la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU.

Las iniciativas de los gobiernos para que Estados Unidos perdiera su puesto en las agencias de la ONU no surgían de la nada. El enojo internacional iba en aumento a raíz de incontables ejemplos del unilateralismo y la hipocresía estadounidenses. Diplomáticos europeos que explicaron el porqué del voto en la Comisión de Derechos Humanos, aludieron a la negativa de Estados Unidos a firmar o ratificar numerosos tratados y convenciones internacionales, incluidos aquellos que garantizaban los derechos de mujeres y niños, el Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (CTBT), prohibiciones sobre minas terrestres, y el Tribunal Penal Internacional. Tampoco había que olvidar que Estados Unidos había abandonado el Protocolo de Kioto sobre el calentamiento global y otras amenazas (aún no completado por entonces), el Tratado sobre misiles antibalísticos (ABM) y el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares (TNP). Además, estaba también la insistencia de Estados Unidos en mantener la pena de muerte. Y, sin duda, la negativa de Washington a conceder protección internacional al pueblo palestino, una de cuyas últimas manifestaciones se ha evidenciado con el uso del veto para evitar una resolución del Consejo de Seguridad que reclamaba observadores internacionales no armados en los Territorios Ocupados. El propio secretario de Estado, Powell, admitió que el veto estadounidense había “dejado algo de sangre en el suelo”.

El desasosiego ante las tendencias unilateralistas del gobierno Bush había influido en las respuestas internacionales ya desde el principio de su primer mandato. El temor de esta “retirada de los compromisos internacionales” inundaba los titulares de todo el país. Los editoriales y los comentaristas de los periódicos, ya preocupados por la ignorancia en materia de asuntos exteriores de la que Bush alardeaba con orgullo, expresaban su malestar sobre las consecuencias que acarrearía el prominente abandono de dichos compromisos. Tom Friedman, columnista del New York Times, explicaba como “ahora, en Europa, Estados Unidos es tildado de ‘Estado canalla’ con la misma frecuencia que Iraq”. Entre la opinión pública, existía también cierta inquietud ante las crecientes tendencias autónomas de los pronunciamientos políticos estadounidenses.


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