Maasé Shehayá
Elías Askenazi
PUBLISHED BY ELÍAS ASKENAZI
AT SMASHWORDS
COPYRIGHT 2010 ELÍAS ASKENAZI
Esta publicación que esta enfocada a la difusión de valores judaicos, sin fines de lucro.
Cualquier comentario acerca de la obra, favor de escribir a:
musarito.semanal@gmail.com
Dedicado a mi esposa Karen
Que la publicación de este libro sirva para enaltecer el alma de:
Jacobo ben Yosef
Eliyahu ben Rajel
Sión ben Esther
Ezrá ben Victoria
Mijael ben Victoria
Ezrá ben Victoria
Alberto ben Bedía
Jacobo ben Miriam
Latife bat Altun
Alicia bat Letife
Bedía bat Boliza
Rabino Shlomó Tawil
Comunidad Maguén David
México, D.F.
Rosh Jódesh Elul 5763
Es un honor, alegría y felicidad escribir estas líneas, a pedido de un alumno nuestro, participante diario de nuestra clase de Daf Yomí, nuestro querido amigo Eliyahu Askenazi, quien ha recopilado muchísimos relatos de nuestros jajamim, y por segunda vez nos conmueve con su iniciativa de entregar su tiempo para el bienestar del prójimo y aumentar sabiduría y conocimiento en nuestra comunidad de México y el mundo. Quien conoce de cerca al autor, sabe y se ilumina con su Irat Shamaim, sus cualidades sobresalientes y su entrega para cualquier finalidad sagrada; por tanto no queda más que bendecirlo. Que Hashem cuide de él y los suyos y que vea junto con su esposa mucha satisfacción de sus descendientes y toda su familia hasta 120 años.
Amén
Bebircat Hatorah
Rab Shlomó Tawil
Rab David Shwekey
Kolel Aram Zobá
México
8 de Elul 5763
Nuestros Jajamim, Z”L, dieron mucha importancia a “Maasiot de Tzadikim” (relatos y episodios de la vida de Tzadikim) que son una fuente muy rica de inspiración y guía para el pueblo de Israel.
Es por tanto que nuestro querido y estimado Eliyahu Askenazi ha recopilado esta colección de “Maasiot”, para beneficio del público de habla hispana y que abre un tesoro de sabiduría, conducta moral y ética.
Estos “Maasiot” pueden reforzar al lector en Emuná y dar ejemplos de cómo un yehudí se debe conducir en diferentes circunstancias, además de ser una lectura interesante e impactante.
Sea la voluntad de Hashem que siga en su camino ascendiente en el estudio de Torá y su diseminación y que vea mucho najat de su familia.
Amén Ken Yehí Ratzón
David Shwekey
CARTA DE RECOMENDACIÓN DEL RABINO DAVID ZAED
COMUNIDAD MAGUÉN DAVID - MÉXICO
México, 15 de Ab de 5764
Con inmensa alegría he recibido en mis manos el libro “Maasé Shehayá”, fruto del trabajo de mi querido alumno y amigo Elías Askenazi.
Me vienen a la mente aquellos tiempos en los que compartíamos un libro abierto de Torá, y ahora, después de más de veinte años, es él quien me deleita con su trabajo de difundir los valores del auténtico judaísmo en el Am Israel.
El presente libro es una minuciosa y acertada selección de anécdotas y parábolas que encierran una profunda enseñanza, y muchos de ellos nos dejarán pensando largo rato...
Los hechos de nuestros Jajamim y Tzadikim son ejemplificadores y no sólo meros relatos históricos para entretenernos. Son espejos en los que debemos vernos reflejados, y experiencias que debemos poner en práctica en nuestra vida diaria.
Y uno de estos hechos para imitar es lo que realizó mi querido alumno Elías Askenazi, quien no se conforma con satisfacerse con el estudio de Torá que diariamente adquiere, sino que desea que todos los integrantes del Am Israel sientan lo mismo que él, y es por eso que sacó a la luz esta obra, para que todo el que la tome en sus manos la disfrute ampliamente y se acerque al Camino de Hashem.
Que Hashem bendiga a él y a su familia, y que este libro sea uno de los tantos que se cuenten en los hogares de nuestro pueblo, y de los muchos que él mismo, a lo largo de su vida, seguirá editando para iluminar con la luz de la Torá a todo el mundo.
Con la berajá de la Torá.
David Zaed
Buenos Aires, Argentina, a 19 de Agosto del 2003
Estimado lector:
El Midrash comenta que en el momento en que Hashem iba a entregar la Torá en el monte de Sinay solicitó al pueblo de Israel ser garantes de que cumplirían lo que estaba escrito en ella. Luego de que fueran rechazadas varias proposiciones, sólo cuando Am Israel contestó que nuestros hijos serían los garantes, Hashem aceptó entregarnos la Torá. Los niños son el eslabón de la cadena de oro que nos une a nuestro legado milenario.
Hace algunos años atrás tuvimos la idea de incorporar en nuestro fascículo semanal Or Torah (en Buenos Aires) una sección titulada “El Maasé semanal”. En ella transcribimos distintos Maasiot que fuimos seleccionando entre tanta bibliografía que, Baruj Hashem, tenemos a nuestro alcance. El objetivo fue que todos -grandes y niños- recogiéramos las enseñanzas y el musar de nuestros Jajamim de hechos que sucedieron en distintas épocas, para así adquirir el temor a Hashem, buenas cualidades y fortalecer nuestra Emuná. En muchas oportunidades, niños de nuestro Talmud Torá y de otros lugares me contaron que lo primero que leían de la revista era el maasé semanal. Muchos padres leían como Dibré Torá en la mesa de Shabat las historias que se contaban y así la familia crecía en el cumplimiento de nuestras mizvot. Baruj Hashem, el objetivo se cumplía.
En uno de mis viajes a la ciudad de México, mi muy querido y apreciado Elías Askenazi me sugirió recopilar los maasiot y hacer con ellos un libro. Me pareció una idea brillante, pero le contesté que yo no disponía del tiempo necesario para hacerlo. Fue ahí que él se ofreció para prepararlo y editarlo. Hoy, Baruj Hashem, gracias a su esfuerzo y dedicación se encuentra en sus manos. Se dedicó también a investigar las bibliografías de los Jajamim que aparecen en los maasiot haciendo así un trabajo excelente y por sobre todo Leshem Shamaim desde todo punto de vista. No podía ser de otra forma. Las palabras de Torá que los niños estudian con tanto amor, pureza y sinceridad debían ser escritas por quienes así lo sienten y lo ejemplifican en su faz personal.
Solo resta agradecerle en nombre de la Torá por su gran colaboración para difundir la vida de nuestros Sabios y hacer tefilá al Todopoderoso para que lo bendiga con salud, alegría, berajá y prosperidad junto a toda su familia. Que este hermoso libro, “Maasé Shehayá” tenga el zejut de cumplir con su misión de engrandecer la Torá y que veamos siempre alegría de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos, por siempre hasta la llegada del Mashiaj pronto en nuestros días. Amén.
Con la bendición de la Torá
Rab Rafael Freue
Chapter 1 - Índice temático
Biografías
Cartas de respaldo
Glosario
Índice de Protagonistas
Prólogo
Emuná
Humildad
Jesed “Favor”
La Mujer Judía
Las festividades
Mitzvot
Sabiduría
Shabat
Shemirat Halashón
Sustento
Teshubá
Tzedaká
México, D.F., 6 de Menajem Ab del 5763
Gracias, Hashem, por habernos dado el zejut de publicar este libro. Te ruego que llegue a las manos de nuestros hermanos cumpliendo la misión de dar a conocer y difundir hechos de nuestros Jajamim, para poder así emular su sabio comportamiento.
Conocer la forma en que vivían nos invita a la reflexión acerca de cómo debe ser el comportamiento de un autentico yehudí, conllevando así el acercamiento a la Torá y a sus preceptos. ¿Qué significado tiene el pasado para nuestro futuro?
Está escrito en Yeshayá Hanabí (30:20): Que tus ojos estén siempre observando a tus maestros; esto quiere decir que tenemos la obligación de analizar la conducta de nuestros Jajamim y tratar de imitar sus actos. Para llegar a este objetivo, tenemos que estudiar y observar sus hechos. Dime a quien admiras y te diré como eres.
Este libro se formó recopilando semanalmente un maasé de la revista Or Torá escrita por el Rab Rafael Freue, al cual le estoy eternamente agradecido no solamente por haberme otorgado el zejut de publicar los maasiot, sino también por la satisfacción que nos dio contar en la cálida mesa de Shabat cada uno de estos interesantes sipurim a nuestras hijas; es una experiencia tan encantadora que la quiero compartir con los lectores. Solamente recordar esos pequeños ojos expectantes por saber cuál va a ser el desenlace del maasé, es suficiente motivación para publicar esta obra.
Los relatos tienen la habilidad de inspirar, motivar y enseñar a los niños, efecto que en ocasiones no puede lograrse a través de otras técnicas de educación. Cuando emulamos los hechos de nuestros sabios nos identificamos con ellos y esto provoca reforzar más los eslabones que nos unen a todos los yehudim a lo largo de nuestra historia.
Contó el Rab Itzjak Silverstein que en una ocasión se encontró a uno de sus estudiantes leyendo sipurim; le preguntó el Rab: “¿Cómo es que dedicas tu valioso tiempo a leer sipurim?”, a lo que respondió sonriendo: “Como padre de familia tengo la obligación de educar a mis hijos; para poder cumplir con esta mitzvá, tengo que leer lo que les voy a contar. Ellos disfrutan mucho ese tiempo y siento que es una obligación no menos importante que mi estudio de Torá”.
Se incluyó en esta obra una sección de biografías; la intención del escritor es únicamente ubicar al lector en la época y en el lugar de los protagonistas. Si se desea profundizar en el tema, favor de consultar fuentes más especializadas.
Quiero agradecer a todos los que apoyaron e hicieron posible esta publicación: A Isaac Sitt que me apoyó en la corrección ortográfica y de estilo; a Shimón Cohén, que ayudó en la investigación de las biografías; A Mordejay Lobatón por su gran apoyo al permitirme usar su amplia colección de libros, de donde se recopiló parte de la información utilizada en este libro.
Deseo expresar mi infinita gratitud hacia mis padres, que nos han guiado siempre con su ejemplo de rectitud, amor, respeto y comprensión. Todo lo que soy ahora se debe a su ejemplo y dedicación. Gracias también por inculcarme el amor por los libros.
A mi querido hermano Jacobo Askenazi, por el apoyo y la paciencia que me otorgó durante toda la realización de este libro.
A mis suegros Jaime y Tuny Shamosh por haberme entregado a Karen con tantas virtudes. Ahora que somos padres comprendo el esfuerzo, los desvelos y la dedicación que tuvieron para formar a una mujer tan íntegra. Que Hashem los colme de salud, felicidad, larga vida y éxito.
Quiero aprovechar este espacio para reconocer a mi gran maestro, el Rab David Zaed. Desde que ingresé por primera vez a una de sus interesantes clases, quedé prendido de su forma de mostrar el camino hacia el Creador, la transparencia y sencillez que manifestaba tanto en sus interesantes clases como fuera de ellas. Nos mostró que la Torá no es un conjunto de reglas que se tienen que cumplir: la Torá es una forma de vivir y ese conjunto de reglas son las herramientas para poder lograrlo. Espero poder tomar su ejemplo, siguiendo el sendero que nos trazó.
Quiero agradecerle por haber redactado la mayoría de los maasiot que aparecen en esta obra. Que El Todopoderoso lo colme de salud, bienestar, paz y éxito en compañía de toda su familia; que les conceda larga vida, para que puedan seguir difundiendo los valores de nuestra sagrada Torá.
Karen: que estas páginas sean un reconocimiento a la noblelabor que brindas en nuestro hogar. Te agradezco por toda la bendición que aportas a la familia. Si algún mérito tengo en la vida es gracias a ti: desde que te conocí me has enseñado, entre tantas cosas, a seguir con amor, devoción y sencillez al Creador del mundo. Gracias por el apoyo incondicional que me has otorgado en todos los proyectos que hemos logrado hasta ahora. Que Boré Holam te colme siempre de salud, felicidad y alegría; que podamos seguir construyendo nuestro hogar, siempre bajo los fundamentos de la Torá, y que podamos inculcar a nuestros hijos todos los principios que nos enseñaron nuestros padres; que vivamos siempre rodeados de salud, amor, respeto y éxito.
A mis queridas hijas Ruth, Tuny, Ilana, Mijal y Tamar y la recién nacida Batia: Ruego al Todopoderoso que las llene de bendiciones; que nos permita educarlas y guiarlas y por el camino de la Torá, mitzvot y maasim tobim, con salud, felicidad y dignidad, que sepan utilizar todos los recursos que les otorgaste para cumplir con Su Voluntad, que formen hogares kesherím y tehorím, que tengan una buena descendencia y que todos se mantengan dentro del judaísmo, hasta la llegada del mashíaj.
Que esta obra nos ayude a encontrar el camino de la elevación personal y la permanente superación espiritual a la que debe aspirar el judío para encontrarse con su Creador, y servirlo con amor y convicción.
Que tengamos el zejut de ver la reconstrucción de Yerushalaim con la llegada del Mashíaj Tzidkenu.
Amén
Elías Askenazi Massri
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Chapter 2 – Emuná
Todo está en las manos de Di-s, excepto el temor a Di-s.
Berajot 33b
La Emuná comienza donde termina la razón de la persona.
HaGaón Rab Jaim Soloveitchik
El tesoro que Di-s guarda, es el temor que la gente le tiene.
Berajot 33:2
La persona que no tiene Emuná no encuentra respuesta a todas sus preguntas. La persona que tiene Emuná no tiene preguntas.
HaGaón Rab Eliézer Menajem Shaj
El milagro del Séfer Torá
Había un rey caracterizado por su rectitud y su bondad. Él amaba a todos los habitantes de su reino y ellos lo amaban.
Un día quiso el rey acercarse a la religión judía, pero temió hacerlo en forma pública, ya que los sacerdotes musulmanes podrían atentar contra él.
Llamó a los “cadies”y demás sacerdotes musulmanes y les preguntó:
– ¿Las palabras de Moshé y sus enseñanzas son verdades?
– Por supuesto, su majestad, que Moshé fue un verdadero profeta su Torá es verdad.
Les dijo el rey:
– Yo quiero proponer algo: escribir la Torá del profeta Moshé, para que lean de ella los judíos como señal de amor y aprecio al profeta de Di-s. ¿Hay en la propuesta algún delito religioso?
– No, no hay ningún delito religioso – contestaron los sacerdotes musulmanes.
Mandó el rey llamar a escribas judíos y les preguntó: – ¿Cuánto dinero piden por la escritura de un Séfer Torá?
– La suma es de cincuenta majbub y escribiremos un Séfer Torá muy bello – respondieron los escribas.
– Estoy dispuesto a pagarles mil majbub – les dijo el rey –, pero haré con ustedes un trato: si encontrare una sola letra que falte o se agregue, les cortaré las manos.
Aceptaron los escribas escribir el Séfer Torá. Curtieron cueros, hicieron de ellos pergaminos y se sentaron en sillas cercanas a la mikvé, para poder purificarse y escribir el Séfer Torá con un máximo de pureza y santidad.
Cuando concluyeron el Séfer Torá, se lo trajeron al rey.
Él llamó a judíos expertos en examinar Sifré Torá y les dijo:
– Deseo que examinen el Séfer Torá, por cada error que encuentre les pagaré cincuenta majbub.
Examinaron el libro detenidamente, sin encontrar un solo error.
El rey ordenó hacer al Séfer Torá un estuche de oro adornado con diamantes y preparó una gran fiesta.
Trajo el rey sabios que estudiaban de la Torá día y noche, pagándoles su salario y, después de tres meses, llevaron el Séfer Torá al Bet Hakenéset.
Los dirigentes de la comunidad solicitaron al rey que colocara guardianes en el Bet Hakenéset durante las noches, ante el temor de que los ladrones que intentaran robar el Séfer Torá con sus valiosos adornos.
– Si el Séfer Torá no puede cuidarse de lo ladrones, ¿qué tipo de bendición hay en él? Seguro que él podrá cuidarse solo –respondió el rey rechazando la propuesta.
Los ladrones de la ciudad escucharon acerca del valioso estuche del Séfer Torá y decidieron apropiarse del mismo.
Siete ladrones ingresaron al Bet Hakenéset para robar el estuche; cuando se aproximaron al Hejal, se abrió la tierra y fueron tragados por ella hasta el ombligo, quedando atrapados sin poder salir.
Cuando los judíos vinieron a rezar al Bet Hakenéset, vieron a los siete ladrones hundidos en la tierra, gritando. Los jefes de la comunidad fueron a contar al rey todo el asunto y se dirigió el rey en persona al Bet Hakenéset. Cortó la cabeza de los ladrones con su espada, los colgó en el pórtico de la ciudad y sus cuerpos fueron incinerados.
Ese mismo día salió un anuncio real que el mismo castigo recibirá todo aquel que atentara contra el Séfer Torá del rey.
Pidió a los judíos que todos los viernes fuera llevado el Séfer Torá a su palacio y él en persona lo llevaría al Bet Hakenéset.
Un día visitó la ciudad un gran rabino y vio que el viernes transportaban el Séfer Torá al palacio y dijo a los jefes de la comunidad que era una afrenta a la santidad del Séfer Torá el traslado semanal al palacio real.
El sabio aconsejó:
– Todos los viernes cambien los pergaminos del Séfer Torá por pergaminos vacíos.
El consejo contó con la aprobación de los jefes de la comunidad y todas las semanas llevaban al rey el estuche de la Torá con pergaminos vacíos en su interior.
En esa ciudad había un judío renegado, que fue al rey y denunció que los judíos lo engañaban y en vez de traerle semanalmente el Séfer Torá le traían pergaminos sin ningún contenido.
Al escuchar esto, el rey se enfureció y juró: – Si la denuncia es verídica, mataré a todos los judíos.
Prohibió al judío salir de su casa, para evitar que los judíos escucharan acerca de la denuncia.
El jueves por la noche, el criado del Bet Hakenéset abrió el Hejal para efectuar, según la rutina, el cambio de los pergaminos.
El viernes en la mañana abrió el criado el Bet Hakenéset y se asombró al ver una gran luz que iluminaba todos los rincones del mismo Bet Hakenéset, y a un hombre anciano que escribía los pergaminos de la Torá y le faltaban sólo cuatro filas para terminar el libro.
– La paz sea contigo,
– Saludó el criado al anciano y preguntó:
– ¿Quién eres?
Contestó el anciano: – Soy Eliyahu Hanabí, y contó todo lo que sucedió –.
– Por tanto, Di-s me envió para escribir los pergaminos.
– ¿Por qué tú mismo te molestaste en venir, en vez de informar a uno de los sabios para no cambiar el pergamino? – preguntó el criado absorto por lo que veían sus ojos.
– Hoy una gran peste atacará a los musulmanes – contestó Eliyahu Hanabí –. Similar a la que atacó a los filisteos en Bet Shemesh.
Cuando terminó Eliyahu Hanabí la escritura del Séfer Torá, lo colocaron en el estuche del Séfer Torá del rey y fue llevado al palacio como todos los viernes.
Esperó el rey en el patio del palacio, con la explanada llena de soldados armados.
Cuando entró el criado al patio transportando el Séfer Torá, ordenó el rey al criado que lo abriera.
Preguntó el criado: – ¿Qué pasa hoy, que su majestad quiere ver la escritura del Séfer Torá?
– Hoy quiero verlo, respondió el rey colérico –, sin dar mayor explicaciones.
Cuando abrió el Séfer Torá una gran luz irradió de él. El rey, al ver las letras brillantes y luminosas cubrió sus ojos; los soldados se acercaron a ver las letras y no quedó de ellos un solo sobreviviente.
Tomó el rey al judío renegado que fue responsable de la falsa denuncia y lo condenó a la hoguera. – De hoy en adelante – dijo el rey al criado de la sinagoga, – No me traigas más el Séfer Torá. Yo en persona iré a verlo todos los viernes.
Retornó el criado el Séfer Torá al Bet Hakenéset y todos los judíos agradecieron a Di-s por el gran milagro.
Extraído de: “Mi Boca contará”. Hamaor
La Torá es nuestra fuerza y nuestra vida
Rabí Eljanán Wasserman, Z”L, fue uno de los más grandes Jajamim de Europa y del mundo, de hace más de cincuenta años. Las garras asesinas de los nazis profanaron su cuerpo, creyendo haber acabado con su tarea. Muy por el contrario, Rabí Eljanán Wasserman siguió viviendo en sus enseñanzas y en su obra, la cual continúan sus alumnos y seguidores. La siguiente es la trascripción de las últimas palabras que le fueron escuchadas en público antes de que fuera trasladado a los campos de exterminio, y que cobran cada vez más vigencia a medida que pasa el tiempo.
La despedida de Rabí Eljanán Wasserman de sus alumnos en la ciudad de Smilishok, un rato antes de que involuntariamente abandonara el lugar, fue estremecedora.
El Gaón subió a la Tebá y se dirigió al público con el corazón destrozado, sin ocultar el torbellino de sensaciones que encerraba. Su rostro se encendió como una llamarada, y sus palabras salían de su boca como martillazos...
– ¡Rabotay! ¡Estamos frente a una situación tremenda..! No sabemos qué es lo que puede suceder dentro de poco. Sólo una cosa puedo decirles: ¡Por Favor! Pase lo que pase... ¡manténganse y fortalézcanse en la Torá!.
Y luego, en un solo suspiro, agregó:
– Nuestra Torá se llama “El árbol de la vida”, y sólo la Torá puede darnos vida... La Torá se llama “Fuerza”, como está escrito: “Hashem, fuerza a Su pueblo le da”. Hay muchas cosas fuertes en el mundo: el papel es fuerte, pero más fuerte es la madera. El hierro y la piedra son más fuertes aún. Pero todas estas cosas fuertes tienen un límite y una duración determinados. ¡Solamente la Torá es una fuerza Eterna, y en especial, en estos momentos, no tenemos otra alternativa que la de aferrarnos más que nunca a la Fuerza de la Torá...!
Éstas fueron las últimas palabras que se le escucharon a Rabí Eljanán Wasserman, Z”L, que quedaron en los oídos de los que estaban allí presentes y ejercieron la fuerza de un testamento espiritual.
Desde esa vez, no volvieron a verlo más. Algunos bajaron junto a él hacia los abismos más horrendos del exterminio. Y otros, gracias a Di-s, se salvaron, para poder contar lo que vieron.
Y de éstos últimos, todos coinciden en que siempre recordarán el desesperado llamado de Rabí Eljanán Wasserman, Z”L: “¡Fortalézcanse en la Torá...! ¡Es lo único que nos dará fuerza y vida...!”
Or Eljanán 2
¡Todo lo que hace Hashem es para bien!
El Gaón Rabí Eljanán Wasserman, Z”L, fue uno de los más grandes personajes de su época. Después de fundar yeshibot, enseñar Torá a miles de alumnos y mostrar sus extraordinarias cualidades, las garras asesinas nazis profanaron su cuerpo, aunque su corazón sigue latiendo en cada uno de nosotros.
Según un testigo presencial, éstas fueron sus últimas palabras, antes de que su alma se elevara a las alturas. Le preguntaron por qué Hashem estaba haciendo esto con su pueblo. El Gaón respondió con un mashal:
Una vez, una persona que nada sabía de agricultura fue al campo y preguntó a un campesino cómo era todo el proceso hasta que el pan llega a la mesa. El agricultor lo llevó al campo y le preguntó qué veía. El visitante respondió: “Veo un campo muy verde y hermoso”.
De repente, el agricultor se puso a arar la tierra y el hombre le dijo: “¿Por qué destruiste toda la vegetación del hermoso campo?” “Ten paciencia y verás”, le respondió el agricultor.
Después, le mostró a su visitante una bolsa llena de semillas y le preguntó qué veía. “Unas semillas muy gordas”, contestó.
Y qué grande fue su sorpresa al ver que el agricultor “echaba a perder” otra vez algo tan valioso: tomó la bolsa y arrojó todas las semillas a los surcos de la tierra, para luego enterrarlas.
“¿Te volviste loco?”, le gritó el visitante. “Antes destruiste toda la tierra, y ahora tiras todas las semillas que tienes”. “Ten paciencia y verás”, le respondió el campesino.
Pasó un tiempo y el campesino llevó nuevamente al campo a su invitado y le mostró la siembra. “Tengo que reconocer que tuviste razón: dejaste el campo mejor que antes. Ahora me doy cuenta de por qué hiciste lo que hiciste.”
“Sí, pero el trabajo aún no está terminado. Todavía necesitas tener mucha paciencia”, dijo el campesino. Y no pasó mucho tiempo cuando éste tomó una guadaña y cortó todas las espigas que tenían dentro unas semillas más gordas que las que había sembrado. Y ante la mirada atónita del visitante, dejó el campo desolado, como si no hubiera pasado nada. Luego amarró las espigas y “adornó” el campo con parvas muy bonitas. Pero la belleza duró muy poco: se llevó las parvas a otro campo, y allí comenzó a golpear las espigas duramente, hasta convertir todo eso en un montón de plantas despedazadas. A continuación, separó las semillas de las espigas y juntó a todas ellas en un gigantesco depósito. Y cada vez que hacía cada uno de los trabajos, le decía al visitante: “Ten paciencia, ya verás”.
El campesino tomó las semillas y las colocó en un molino.Y por el otro lado apareció la harina.
“¿Qué hiciste? ¡Todas las semillas que juntaste, las hiciste polvo!” A lo que recibió como respuesta: “Ten paciencia, ya verás”.
Cuando el visitante vio que el agricultor mezcló la harina con agua, se tomó la cabeza, mientras decía para sí: “¿Qué querrá hacer éste ahora, con esa pasta blanca?” Pero al ver que esa “pasta blanca” tomó una forma agradable en las manos del campesino, se calmó. Sin embargo, la calma no le duró mucho: todas esas formas armoniosas fueron a parar al horno.
“Ya no me queda ninguna duda de que has perdido la razón”, exclamó el visitante. Tanto trabajo te costó conseguir lo que tenías, ¡y ahora lo estás quemando con tus propias manos!”
Una carcajada salió de la boca del campesino, mientras le decía: “¿No te dije que debías tener paciencia y esperar?”
“¿Más todavía?”, repetía una y otra vez el visitante. “¡Pero si ya está todo perdido!”
Pasó un rato nada más, y el campesino sacó del horno unos panes calientes y dorados y los puso frente a él, en la mesa. Y mientras le cortaba un pedazo y se lo daba para comer, le decía: “Ahora, ¿ya entiendes todo?”
Rabí Eljanán Wasserman, Z”L, concluyó diciendo a los que lo escuchaban:
“Hashem, nuestro Creador, es el agricultor y nosotros, los humanos, somos los visitantes ignorantes de una vida que no entendemos ni conocemos. No tenemos ni la más mínima idea de cuál va a ser el resultado de todas las acciones de Hashem, y cada cosa que pasa pensamos que no tiene lógica, porque la medimos con nuestra propia vara. Pero cuando se termine “Su trabajo”, recién vamos a entender por qué Hashem hizo todo lo que hizo. Tenemos que tener Emuná y paciencia”, – concluyó el Gaón sus palabras – “al final, sabremos el porqué de las cosas, aunque éstas aparezcan como ilógicas o terribles. Porque, ¡todo lo que hace Hashem es para bien!
Or Eljanán. Hamaor
Todo es para bien
Nadie como yo puede decir que Hashem quiere a sus criaturas. A veces la persona cree lo contrario, cuando le suceden cosas que parecen malas. Pero con el tiempo se da cuenta de que fue sólo para su bien.
Cuando yo era un niño de nueve años, la segunda guerra mundial estaba en su apogeo. La barbarie nazi provocó océanos de sangre y el Am Israel fue su peor víctima.
En el gueto vivíamos aterrorizados, y no sabíamos si estábamos más expuestos a la muerte adentro de nuestras casas o fuera de ellas.
Un día, mi hermanita salió a la calle sin que nos dieramos cuenta, y desde nuestra ventana vimos con horror cómo un soldado nazi se la llevaba. Gritos y llantos ahogados (porque ni siquiera eso podíamos hacer a voluntad) se escucharon de mi madre y de mí en ese momento. Ella estaba muy enferma y apenas podía moverse, y un disgusto como ése no tardaría en matarla de angustia.
¿Qué podía yo a hacer? La lógica indicaba que, en esas situaciones, cada uno tenía que buscar su propia salvación.
Pero... ¿Y si la salvación de mi hermanita estaba en mis manos? Y así fue realmente: en mi mano estuvo su salvación...
Salí a la calle, con todos los riesgos que eso implicaba, y fui corriendo hasta el puesto militar. Cuando llegué, me encontré con aquel soldado que había visto desde mi ventana.
– ¿Qué haces tú aquí? – me preguntó.
– Vengo a buscar a mi hermana
– le respondí.
– ¡Ah! ¿Esa niña es tu hermana?
– Por favor, déjeme llevarla. Mi mamá está enferma y...,
– ¡Ja! ¡Ja! – lanzó el soldado una risotada – .No sólo no te la voy a dar, ¡sino que te voy a llevar también a ti...!.
Me puse a llorar, cosa que al soldado no le hizo mella alguna. Desesperado, insistí:
– Por favor, déme a mi hermana.
– Mira, te voy a poner una condición.... – el soldado tenía ganas de bromear.
– ¿Cu... Cuál?
– Si te salen pelos en la palma de la mano, te la puedes llevar ahora. Si no, te mato a ti y a ella.
La sonrisa sarcástica del soldado se desdibujó bruscamente y mostró una cara de asombro y horror cuando le mostré mi palma derecha: ¡tenía pelos crecidos!
Con la misma expresión de consternación, se metió en el cuartel y salió tomando a mi hermana de la mano.
Me la dio y me dijo:
– Vete... ¡Vete de aquí ahora mismo!
Corrimos como locos y llegamos a la casa, donde mi madre al vernos cambió su llanto de angustia por uno de alegría. Y mientras ella abrazaba a mi hermanita, yo observaba mi palma derecha llena de pelos, y me acordé de aquella vez que me había “enojado” con Di-s.
Tiempo atrás, me había quemado con una olla caliente y me hicieron un injerto de piel en la palma de mi mano por una parte de mi muslo. Siempre me lamenté de aquel suceso y me preguntaba cómo Hashem pudo castigarme de esa manera. Escondía mi mano para que no me la vieran, y para que no se burlaran de ver una parte de la mano con pelos ¡nunca jamás me imaginé que eso iba a servirme para salvar la vida de mi hermana, de mi madre y la mía!
Ahora que soy anciano, muestro la palma de mi mano con orgullo y le enseño a todo el mundo aquello que dice la Torá: “Como reprende un padre a su hijo, Hashem Tu Di-s, te reprende....
Extraído de Yated Shelanu. Hamaor
El momento de la tefilá es sagrado
Dos gigantes de Am Israel estaban diciendo tefilá en el mismo Bet Hakenéset de la ciudad de Zefat: Rabí Yosef Karo y Rabenu HaArí, Z”L. Por supuesto que todo el público estaba consciente de la envergadura de esos grandes Jajamim. Y por eso, cuando terminaban la Amidá, el Jazán no comenzaba la Jazará hasta que los dos hubieran acabado sus respectivas oraciones individuales.
Rabenu HaArí, Z”L, dio sus tres pasos para atrás; faltaba que lo hiciera Rabenu Yosef Karo. Pero este último se demoró más de lo acostumbrado. Pasaban los minutos y Rabí Rabí Yosef Karo no daba muestras de aproximarse al final de su Amidá. ¿Alguien se atrevía a decir que esto estaba provocando “Tóraj Tzibur” (molestia para el público)? Absolutamente nadie.
Sin embargo, repentinamente, Rabenu HaArí, Z”L, pronunció en voz audible las siguientes palabras: “¡El trigo es kasher!”, dicho lo cual no pasaron más de diez o veinte segundos que Rabí Yosef Karo concluyó la Amidá, otorgándole al Jazán un tácito permiso para comenzar la Jazará.
El resto de la tefilá transcurrió en tensión hasta el final, momento en que Rabí Rabí Yosef Karo pidió que todos lo escucharan para aclarar lo sucedido.
– Ustedes se habrán sorprendido porque yo tardé en la Amidá más de lo acostumbrado –comenzó diciendo–. Y también habrán tenido sus dudas respecto a la reacción de Rabenu HaArí, Z”L y sus extrañas palabras. Pero yo les explicaré: Como ustedes saben, estoy escribiendo el Shulján Aruj, y una obra de semejante magnitud no da lugar a errores, por pequeños que sean. Los temas a los que me aboco me insumen mucha concentración y esfuerzo, y a veces, hasta en medio de la tefilá estoy pensando en las leyes que han figurado en mi libro. En medio de la Amidá me detuve en el problema de si un costal de trigo que carga un burro sobre su lomo puede llegar a fermentarse e invalidarse para elaborar harina para la matzá de Pésaj, a causa del eventual sudor del animal. No podía seguir rezando; la oración debe ser pronunciada con concentración, y mi cabeza estaba en otro lado. Y fue en ese instante, que Rabenu HaArí, Z”L, con su rúaj hakódesh leyó mis pensamientos, cuando pude responder a mi pregunta.
El silencio total fue interrumpido con expresiones de asombro por parte de todos los que tuvieron el privilegio de escuchar el maravilloso relato. Y lo más importante vino después, cuando Rabí Rabí Yosef Karo concluyó:
– De aquí aprendemos que el momento de la tefilá no es indicado para realizar ninguna otra cosa que no sea la tefilá misma. Cuando estamos parados frente a Hashem, debemos dedicar todos nuestros sentidos para dirigirnos a él. ¡Ni siquiera para estudiar Torá debemos interrumpir! Para todo hay un tiempo y un momento. ¡Miren la molestia que ocasioné por no tener presente todo esto…..!
Extraído del libro Shibjé HaArí. Hamaor
El Shemá Israel
La guerra de las Malvinas estaba por concluir. Las tropas inglesas recuperaban el poder militar en las islas, mientras el ejército argentino se batía en retirada.
Aquel joven argentino esperaba agazapado detrás de una roca, solitario, mientras el viento helado cortaba su piel. Esperaba un milagro que le permitiera salir vivo de esta batalla ya perdida. De repente, escuchó a sus espaldas el ruido inconfundible de un arma a
punto de disparar.
Se da vuelta y ve que tiene frente a él un soldado inglés apuntándole. Él también empuñaba su arma. ¿Qué debía hacer? ¿Atacar? ¿Defenderse? Sabía que los ingleses tenían la orden de tirar a matar sin miramientos. En esa fracción de segundo, le vino a su mente su familia; su gente y toda la vida que creyó que tenía por delante.
Sabía que era su fin...Arrojó su arma, levantó la cabeza, se tapó los ojos y comenzó a pronunciar en voz alta: “¡Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad...!”
El soldado inglés se quedó perplejo. Bajó su arma y se acercó al joven.
– ¿Are you Jew? (¿Eres judío?)
El joven asintió con la cabeza, pues aun sin conocer el idioma, se dio cuenta de que el otro le estaba preguntando si era judío.
Se confundieron en un abrazo, y mientras cada uno miraba el horizonte sobre el hombro del otro, caían de sus ojos lágrimas que se congelaban inmediatamente.
Se dijeron unas palabras más, que ninguno de los dos entendió, pero que sabían lo que significaba. Luego, cada uno se fue por su lado.
El Shemá Israel salvó una vida. O dos. O más.
El Shemá Israel siempre salvó a todo el Pueblo judío...
Hamaor (De la vida real)
Su gorrita lo salvó
Como de costumbre, la ruta principal estaba en plena congestión: todo tipo de coches, autobuses, taxis grandes y chicos corrían en oleadas, yendo unos, viniendo otros, sin cesar por un instante el movimiento. Y por ahí, cerca de una población, estaba parado un jovencito, alumno de una yeshibá, con su brazo extendido hacia la ruta, haciendo señas a cada coche que se acercaba, como si quisiera saludarlo o darle la mano. Y luego, cuando el coche pasaba a toda velocidad sin detenerse, dejaba caer su brazo como avergonzado, por un ratito, hasta que otro auto se aproximaba.
Era viernes después de mediodía. El joven quería viajar a su casa para Shabat. Salió de la yeshibá, que se encontraba en la población, y caminó hasta la ruta confiando encontrar a alguien que lo llevara.
El sol se había ocultado notoriamente hacia el oeste. Los árboles iban ensombreciendo la ruta. Un fresco vientecillo soplaba sacudiendo las débiles hojas invernales de los árboles que luego se desparramaban solitarias y extraviadas por aquí y allá.
Nuestro jovencito tenía en una mano su valija y con la otra hacía señas, cada vez con más insistencia a los coches que seguían su camino sin detenerse.
A cada ratito se aseguraba de que el viento no hiciera volar la gorrita de su cabeza, mientras miraba preocupado al sol, que en su lenta, pero inexorable marcha, se iba cada vez más hacia el oeste.
No era la primera vez que esto le sucedía, ya que siempre viajaba a su casa para Shabat, más o menos a esa misma hora. Y minutos antes, minutos después, siempre llegaba el conductor amable que lo acercaba hasta su casa. A pesar de esto, su corazón no dejaba de albergar el temor de no llegar a su casa con tiempo suficiente para prepararse, como corresponde, para el sagrado día de Shabat.
De improvisto, apareció un lujoso taxi, un último modelo. En principio, nuestro jovencito vaciló en hacerle señas. No podía creer que el conductor de un auto tan lujoso se detuviera para llevar consigo a tal pasajero, un simple muchacho de yeshibá.
Pero casi sin quererlo su mano se levantó y, para su sorpresa, el coche se detuvo. El joven corrió alegremente y rogó al conductor que lo acercara hasta determinada población, camino a su casa.
El conductor lo miró de arriba abajo, contestándole firmemente:
– Te llevaría conmigo, pero no tolero la gorrita que llevas puesta. ¡Quítate la gorrita y sube!
El jovencito le echó una mirada penetrante y como culpándolo de algo.
Miró otra vez hacia el sol y finalmente le hizo seña con su mano, indicándole que continuara su viaje sin él.
El joven se quedó mirando con amargura al coche que se alejaba, mientras su mano acariciaba la gorrita.
Se fijó bien y grabó en su memoria el número del taxi pensando: “Sería bueno saber quién es esta persona tan poco afable”.
No transcurrió mucho tiempo y pasó una camioneta, cuyo conductor lo llevó camino a su casa.
Apenas habían viajado unos kilómetros cuando se detuvieron bruscamente. Varios autos se hallaban estacionados delante. A un lado del camino un auto estaba volcado con las ruedas para arriba.
En otra ocasión podría resultar cómico para un jovencito ver un coche en esa posición, le daría muchísima risa. Pero ahora gritó casi histérico:
– ¡Ay! ¡Bajo ese taxi, Di-s me libre, podía haber estado yo en esos momentos...! ¡Si no hubiera sido por mi gorrita! ¡Evidentemente mi gorrita me salvó! ¡Gracias a Hashem, eterno es su favor!
Extraído de Oasis
La bendición del Jafetz Jaim
Un joven Rabino de Estados Unidos, estudioso, sobresaliente, relató un suceso extraordinario acerca del Jafetz Jaim, de cómo una de sus bendiciones se cumplió después de tantos años de su fallecimiento. ¿Cómo es posible relacionar al Jafetz Jaim con un joven Rabino de Estados Unidos de los últimos años? Veamos:
Es sabido que en los hospitales de Norteamérica acostumbran re¬cibir todo tipo de gente, de las más diversas religiones. Esas mismas entidades a veces asignan un rabino para que éste funcione como guía espiritual de las personas ocasionalmente internadas. Un día, el citado Rabino tuvo la necesidad de presentarse en el hospital para asistir a un muchacho yehudí que había sufrido un accidente automovilístico. Su estado era muy grave. Los médicos que lo recibieron desde la primera revisión determinaron que sus horas estaban contadas. Después de haberlo identificado por medio de uno de los documentos que llevaba en sus bolsillos, se comunicaron inmediatamente con una hermana suya que vivía cerca de allí, la que acudió sin demoras y se quedó todo el tiempo al lado de aquel muchacho, sollozando amargamente. Cuando el Rabino se acercó a ofrecer ayuda, la hermana, entre lágrimas, le dijo que ellos tenían un padre muy anciano que vivía recluido en uno de los asilos. El Rab telefoneó al asilo e hizo que el padre del accidentado se presentara en el hospital. No quiso contarle la verdadera situación en la que se encontraba su hijo, apiadándose del pobre hombre y temiendo causarle una conmoción que fuera a afectarlo seriamente. Mejor sería, pensó, que cuando estuviera frente a frente con el muchacho, se diera cuenta solo.
El anciano se acercó a la cama de su hijo, que yacía inconsciente, pero no se notó en él ningún sobresalto. Cuando el Rab vio que el anciano mostraba tranquilidad, pensó que quizás no se percataba de la gravedad del asunto. Llamó al doctor y le pidió que fuera él quien le describiera el cuadro que tenía frente a sus ojos.
– De acuerdo con lo que vemos, hemos diagnosticado que su vida es muy limitada. No sé si me entiende... es sólo cuestión de horas– decía el facultativo con dolor.
Pero el anciano seguía sin reaccionar. Se veía bastante calmado. Se acercó el Rab y le preguntó tímidamente:
– ¿Qué piensa usted? Ante su asombro, el anciano respondió:
– Me voy a mi casa.
– ¿C... Cómo? No entiendo..., – dijo el Rab
– ¿Qué es lo que no entiende? ¡Me voy a mi casa! ¡Mi hijo sanará, se pondrá bien! – afirmaba el anciano con seguridad.
E l Rab estaba convencido de que aquel hombre había perdido la razón, aunque siguió insistiendo en explicarle.
– Usted... ¿sabe lo que está pasando? ¿Comprende que la situación?
– ¡Situación! ¡Situación! Le he dicho que el muchacho estará bien, beezrat Hashem. Yo lo sé. Mire Rab, usted no me cree, pero le voy a contar algo que sucedió hace ya mucho tiempo: yo nací en Radín, la ciudad del Jafetz Jaim. Cuando él estaba editando su obra Mishná Berurá, había organizado un pequeño grupo de estudiantes que leíamos sus escritos, para ver si era bien recibido y aceptado, por si entendíamos claramente lo que ahí decía, porque fue muy arduo el trabajo de redactar ese libro tan trascendental de halajot. Yo me contaba entre los integrantes de ese grupo. Varias veces me tocó estudiar frente a él y mis comentarios le resultaron agradables y acertados. Y tuve el zejut de recibir del Jafetz Jaim numerosas berajot. Una de ellas me auguraba larga vida, pero yo hoy cuento con sólo setenta y seis años, y esto no lo considero larga vida. En otra berajá me aseguró el Jafetz Jaim que ningún hijo mío se iría de este mundo antes que yo. Pues bien, si aún no he llegado a tener esa larga vida que me aseguró el Jafetz Jaim, ¿cómo se podrán realizar las dos berajot al mismo tiempo? No hay otra alternativa más que la de que mi hijo siga vivo... y sano. Así que ahora me voy a mi casa.
Cuando el Rab escuchó todo el relato, llevó al anciano hacia su casa y él también se retiró a su hogar a descansar. Al día siguiente, cuando regresó al hospital como de costumbre, se acercó directamente a hablar con el doctor que había estado atendiendo a aquel joven para preguntar por su estado.
– Usted verá, Rabino. Estoy totalmente anonadado. ¡El muchacho ha abierto los ojos! Hasta ayer era candidato firme a la muerte, por todo lo que le había pasado y como había quedado. Pero, no lo puedo creer, abrió los ojos – respondió el doctor–. A medida que pasaban las horas, los médicos se acercaban a observar con sus propios ojos lo que carecía de toda lógica y explicación. Ahora sí coincidían en que tenía esperanzas de seguir con vida. Al cabo de dos semanas, abandonó totalmente su lecho de enfermo y se lo veía andar como si nada hubiera pasado.
Que la fuerza de las berajot del Jafetz Jaim sea tan grande no sorprende. Lo que hasta ese momento no se sabía era que aquella berajá pudiera tener una vigencia tan extensa a través de los años. ¡Qué gran lección la de ese anciano! Con toda seguridad que su fe inconmovible sobre las berajot que recibió fue el factor preponderante para que se cumplieran al pie de la letra.
Sheal Abija Veiaguedja. Hamaor
Los 400 guilders
Una mujer vivía en Hungría. Ella no tenía hijos y por esa razón se acercó al rabino local con 400 guilders y le pidió que enviara el dinero a un Tzadik a fin de que rezara para que ella pudiera tener hijos. Cuando el rabino le sugirió que el dinero fuera enviado a Rabí Yosef Jaim Zonenfeld, la mujer aceptó.
Como tres semanas más tarde, el marido de esa mujer llegó hasta la casa del rabino local con una queja: ¿cómo fue que el rabino estuvo de acuerdo con enviar una cantidad de dinero tan grande sin su consentimiento? El rabino dijo que naturalmente él pensó que la señora había actuado con el consentimiento de su marido. El marido no aceptó la excusa y pidió al rabino que enviara una carta al Rab Zonenfeld requiriendo que devolviera el dinero.
Era muy desagradable para el rabino local hacer tal cosa, y es por eso que sugirió pagar de su propio bolsillo toda la suma de dinero. El marido estuvo de acuerdo y comenzaron a hablar sobre los detalles de los pagos, puesto que el rabino no podía devolver todo ese dinero de una sola vez.
En ese momento, el cartero golpeó la puerta y anunció al rabino que había recibido una carta registrada de Jerusalem. El rabino miró el nombre del remitente y vio que era de Rab Zonenfeld. Él abrió la carta y encontró que contenía 400 guilders en su interior. El marido, que quedó bastante impactado con el acontecimiento, pidió al Rab que leyera la carta, y el rabino leyó: Yo he recibido su carta junto con el dinero. Pero puesto que la carta dice que usted ha recibido el dinero de la señora, yo temo que ella lo haya donado sin el consentimiento de su marido. Es por eso que yo le retorno el dinero, y le pido que lo devuelva de inmediato a la señora. Pero, por supuesto, yo no he disminuido mis rezos por ella, y ciertamente yo espero que Di-s cumpla con el requerimiento de ella.
El rabino y el marido comenzaron a lagrimear y el marido, de todo corazón, estuvo de acuerdo en enviar el dinero nuevamente a Rab Zonenfeld.
Or Torá
Chapter 3 - Humildad
La humildad antecede al temor a Di-s.
Mishlé 22:4
Dijo Rabí Yoséi: “No es el lugar el que honra al hombre, sino el hombre quien honra el lugar.”
Taanit 21b
¿Quieres sentir de Hashem su Divinidad? Deja de lado tu propia vanidad.
Hameir Ledavid
Este mundo es efímero
El Jafetz Jaim vivía en una casa extremadamente modesta en un pueblo en Polonia, con escasos y simples muebles.
Un periodista fue a entrevistar al eminente rabino. Después de conversar juntos por algún tiempo, el periodista le preguntó lo que estaba tan ansiosamente esperando preguntarle desde el comienzo:
– Un rabino tan importante y grande como usted, ¿donde tiene todos sus muebles?
– Déjeme hacerle una pregunta – le contestó el Jafetz Jaim – un periodista tan importante como usted, ¿donde tiene todos sus muebles?
– Bueno… – contestó el periodista confundido:
– Yo estoy sólo viajando.
– Yo también estoy sólo via¬jando
– contestó el Jafetz Jaim.
El rabino estaba tratando de ilustrar que todos nosotros sólo estamos viajando. Nosotros no hemos llegado aún a nuestro destino permanente. Este mundo es extremadamente fugaz.
Tú no llevarías una fina lámpara de cristal a un campamento; tú sólo llevas aquellas cosas que realmente necesitas. La vida es finalmente un viaje. Y tu fina lámpara de cristal no viaja contigo.
En otras palabras, el lugar que nosotros llamamos “hogar” debe ser un lugar de significado, un lugar en el cual encontramos el propósito de la vida. Ese lugar está hecho más de la calidad de los libros en nuestros estantes y las relaciones que alimenta que del modelo de nuestra alfombra.
Porque, finalmente, todos nosotros sólo estamos “viajando”.
Or Torá
Y dice la verdad en su corazón
(Tehilim 15.2)
Está escrito que este pasuk fue dicho describiendo la conducta de Rab Safrá.
Porque Rab Safrá no sólo no tergiversaba lo que decía, sino que ni siquiera sus pensamientos los cambiaba.
Se cuenta que una vez puso a la venta un objeto y llegó un hombre a comprarlo. En ese instante, Rab Safrá estaba pronunciando la lectura de “Shemá Israel” (y es sabido que en el momento de la lectura de Shemá Israel no se debe hacer ninguna seña, y mucho menos hablar).
El hombre que vino a comprar, como Rab Safrá no contestaba sus preguntas, creyó que no estaba interesado en la oferta que le hizo, y le aumentó el pre–cio considerablemente.
Cuando Rab Safrá acabó la lectura de Shemá Israel, le dio al comprador el objeto y le pidió la cantidad que había ofrecido originalmente.
– Yo te ofrecí más – le dijo el hombre.
– No importa – respondió Rab Safrá –, cuando tú llegaste, yo ya había pensado venderte el objeto a ese precio.
Cuando una persona piensa (sólo piensa, sin decirlo) que va a donar algún objeto o que va a hacer una tzedaká, ese pensamiento se considera como su palabra, y debe cumplir con lo que decidió en su corazón. Así se comportaba Rab Safrá: su pensamiento era suficiente, aunque no hubiera dicho nada, y no lo cambiaba por ningún motivo.
Esh HaTorá 371
Kidush Hashem: un permanente precepto
A las palabras Kidush Hashem (Santificación del Nombre Divino) solemos asociarlas con el autosacrificio la entrega de la vida, para que con la muerte del yehudí se eleve el nombre del Eterno. Pero debemos saber que para cumplir la mitzvá de Kidush Hashem no necesariamente hay que abandonar este mundo, y no sólo se consigue cuando un yehudí es amenazado de muerte.
Shimón Ben Shataj servía como Cohén Gadol en el Bet Hamikdash y solicitó de sus alumnos que le compraran un burro. Fueron con el dinero de su maestro a un vendedor no judío; compraron el burro y se lo llevaron a Shimón Ben Shataj. Cuando el Cohén Gadol levantó la manga que cubría al animal, vio que de éste pendía una cadena con una gran piedra preciosa. Inmediatamente se la quitó y la entregó a sus alumnos, pidiéndoles que fueran a regresar la joya al vendedor de burros. Al rato llegó con Shimón Ben Shataj el vendedor con la cadena en su mano y una expresión de asombro en su rostro.
– ¡Gran Rabino! – le dijo –, ¿por qué me devolvió esto? ¡Si se hubiera quedado con él, yo jamás me habría dado cuenta..!
– Yo le compré un burro – le respondió –, ¡no un diamante!
En ese instante, el no judío se arrojó a los pies del Cohén Gadol y exclamó:
– ¡Bendito el Di-s de Shimón Ben Shataj!
La rectitud y honestidad de un yehudí es la vía más directa para Santificar el Nombre del Eterno. ¡Y esa correcta actitud puede hacer que hasta los no judíos reconozcan la Grandeza de Hashem! Ésta es la mejor manera de hacer Kidush Hashem...
El pueblo de Israel siempre está rindiendo examen frente a los demás pueblos del mundo. Y cuando un yehudí, mediante su conducta decente, realiza esta clase de Kidush Hashem, desde el Cielo no lo pondrán a prueba con un Kidush Hashem de otra manera.
Alé Shur. Hamaor
Invitado para cumplir Kidush Hashem
El Gaón Rab Aharón Kotler, Z”L, pidió a uno de sus alumnos:
– Por favor, ¿podrías llevarme en tu automóvil a Nueva York hoy por la tarde?
– Claro que sí, Rab. Cuente con eso, aceptó gustoso el alumno.
– Tengo mucho tiempo tratando de entrevistarme con el Señor Fulano, que me prometió una donación importante para nuestra yeshibá, y ha aceptado recibirme hoy por la noche – le explicó el Rab –.
– Pero antes debemos pasar por un salón aquí en Lakewood (Nueva Jersey, lugar donde se encuentra la yeshibá) para asistir a la jupá de una familia que me invitó, y luego seguiremos el viaje a Nueva York.
A la hora que habían acordado, el alumno recogió al Rab en su casa y lo llevó al salón donde se iba a celebrar la jupá.
– No tardaré mucho tiempo – aclaró el Rab a su alumno mientras bajaba del coche –. Sólo estaré presente en la jupá y, antes de que comience el banquete, saldré contigo y nos iremos a Nueva York.
El alumno estuvo de acuerdo. Vio entrar al Rab al salón; apagó el motor y se quedó leyendo un libro dentro del auto mientras esperaba su regreso. Pasaron los minutos… Pasó media hora… pasaron casi dos horas y el Rab no aparecía. El alumno se preocupó. Bajó del coche y se introdujo en el salón para ver qué había pasado al Rab, que no había regresado. ¡Qué grande fue su sorpresa cuando lo vio en medio del banquete, bailando con el novio las rondas, como si se hubiese olvidado de que tenía una cita muy importante que le interesaba y necesitaba mucho! Después de un rato terminó de bailar; se sentó en la mesa, donde apenas probó bocado, y al final se reunió con su alumno, que lo esperaba en la puerta del salón… Una vez que estaban los dos en el coche, el Rab dijo a su alumno: – Ya no llegamos a la cita que teníamos con el donante de Nueva York, así que nos vamos a casa.
– Pero Rabí, ¿por qué se quedó en el banquete, si usted tenía pensado lo contrario? – preguntó el alumno. El Rab respondió:
– Cuando llegué a la jupá me ubicaron en un sitio preferencial. Invitaron a todos los Rabanim a pronunciar cada una de las Shebá Berajot (Siete Bendiciones). Al término de ellas, vi que a mí no me habían invitado y me puse a pensar: “En realidad, no me invitaron porque sé que yo no soy merecedor, y hay otros Rabanim más importantes que yo. Pero si me voy ahora, como lo tengo programado, van a pensar que me he enojado porque no me invitaron a pronunciar una de las Shebá Berajot, ¡y esto puede provocar un grave Jilul Hashem!” Por eso tomé la decisión de quedarme en el banquete y celebrar alegremente, aunque esto me privara de recibir una importante donación para nuestra yeshibá.
Hamaor
¡Gracias... por la naranja!
Rabí Yosef Jaim Zonenfeld, el famoso Rabino de Jerusalem, llegó a Israel por primera vez en 1873. Un día, él fue con un amigo al Kótel. En el camino, un comerciante árabe le arrojó una naranja podrida al Rab Zonenfeld, quien respondió diciendo al árabe: “Gracias”, en idish.
Lleno de curiosidad, el árabe pidió al acompañante del Rab que le tradujera lo que había dicho. El acompañante le tradujo y el árabe se sorprendió.
Entonces, el Rab Zonenfeld le explicó: – yo agradecí que me tiraste una naranja y no una piedra.
El árabe se avergonzó de su acto, y desde ese día siempre honró al Rab cada vez que pasaba por la puerta de su negocio.
La humildad es nuestro honor
El Rabí Eljanán Wasserman, el Rosh Yeshibá de Baranovitz, era una persona de verdadera modestia. Una vez, cuando alguien le pidió una bendición (es una conocida costumbre pedir una bendición a un Tzadik, la contestación del Rab Wasserman fue: “Créame, si usted me conociera de la manera que yo me conozco, no me pediría una bendición”.
Sus estudiantes cuentan que él rogaba que no le dieran una alyá a la Torá en Rosh Hashaná. Los estudiantes sorprendidos, le preguntaron:
– Pero, Rabino, la halajá dice que una persona debe tratar de obtener una alyá durante los Diez Días de Arrepentimiento. Entonces, ¿cómo usted puede negarse a ella?
El Rabino les contestó modestamente: – Yo tengo miedo de estar sobresaliendo durante los Días del Juicio, pues es posible que se me haga una inspección minuciosa. Yo prefiero pasar desapercibido, así como está escrito: “En medio de mi nación yo moraré” (Melajim II 4:13).
Rabí Moshé Blau contó sobre la oportunidad en la cual se encontró con el Rab Wasserman en la conferencia de Agudá de 1937, durante uno de los encuentros de los Sabios de la Torá. Un problema fue presentado a los grandes rabinos y uno de ellos anunció: – Yo pido que cualquiera que no sea un rabino o Admor, por favor abandone el recinto.
Para la sorpresa del Rab Blau, el Rab Wasserman comenzó a caminar hacia la puerta para dejar el recinto. El Rab Blau le preguntó: – ¿Qué es lo que el Rosh Yeshibá está haciendo? Ahora se discutirá un tema muy importante y su opinión es de gran necesidad.
El Rab Wasserman contestó con mucha simplicidad: – Reb Moshé, ¿no ha escuchado el anuncio de que cualquiera que no sea rabino o Admor debe abandonar el recinto? ¡Yo no soy ni rabino ni Admor!
Hamaor
¡Sin enojo!
El Admor Mordjele, Z”L, amaba a Eretz Israel de tal manera, que cualquier cosa que provenía de la Tierra Santa la prefería sobre las de otras partes del mundo, aunque éstas últimas resultaran más baratas y fáciles de conseguir.
En una ocasión recibió de regalo un corte de tela que le enviaron de Eretz Israel, muy apropiado para realizar con él un Talit Katán con una tela fabricada en el Territorio Santo.
Quizás podría confeccionarlo él mismo, o alguno de su casa, pero, aunque se trataba de una prenda tan simple, llevó la tela a uno de sus jasidim, sastre de oficio, para que mediante su trabajo pudiera tener el Talit Katán más hermoso que hubiera imaginado.
Pasaron los días y el sastre no aparecía con el encargo.
El Talit Katán es un rectángulo de tela con una abertura en el medio; nadie se explicaba por qué tardaba tanto en entregar algo que le tomaría sólo unas horas en terminarlo.
Mandaron llamar al sastre, y éste se presentó ante su Rebe. Todos intuyeron que algo grave había pasado, pues permanecía con la cabeza gacha todo el tiempo, hasta que se animó a hablar:
– ¡Rabí! No sé como decírselo... Me sucedió algo mientras estaba cortando la tela para su Talit Katán....
– Adelante. Te escucho – dijo el Rebe.