Excerpt for Cómo asesiné al presidente by Hank Ware, available in its entirety at Smashwords

Cómo asesiné al presidente



por

Hank Ware




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Colección Púlpito on Smashwords

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Cómo asesiné al presidente

Copyright © 2012 Carlos Gómez




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CÓMO ASESINÉ AL PRESIDENTE


La tarea era simple pero no sencilla. Simple en cuanto que sólo requería una sola acción para cumplir correctamente la misión: debía asesinar al presidente. Es aquí donde una idea simple debe hacerse mediante un complicado mecanismo de ingeniería logística perfectamente planificada que dependía de algo tan surrealista como la paradoja temporal del auto asesinato o suicidio posterior a la muerte o anterior al nacimiento, según se mire. La explicación a semejante galimatías era muy sencilla, pero tal vez deba remontarme al inicio de todo.

Una tarde de otoño, fumaba mi último cigarrillo antes de abandonar el funesto hábito del suicidio por ingesta de humo cuando un coche negro con los cristales tintados se detuvo frente a mí. Una voz conocida me invitó a subirme, invitación que tomé con gusto ya que el frío me empezaba a incomodar, metiéndose en todos los orificios de mi cuerpo.

- ¿Sabe quién soy?

Esa fue la pregunta que me realizó cuando me senté en sus rodillas, no físicamente claro pero sí moralmente.

- Por supuesto, señor presidente.

- Entonces no hay nada más que decir.

Después de sellar nuestro pacto con un apretón de manos, su mirada cómplice fue suficiente para que entendiera la misión que me encomendaba.

Bajé del coche y encendí, ahora sí, mi último cigarrillo. Todo había quedado claro, sólo necesitaba una máquina del tiempo para crear una caótica paradoja temporal donde el asesinado fuera el asesino y viceversa o al revés.

McQ era mi contacto en la prestigiosa universidad local. Vestido con su uniforme azul y armado con su fregona, el bedel me abrió la puerta del laboratorio de física cuántica. Sobre la mesa, una funcional silla enchufada a la corriente me esperaba dispuesta a llevarme en un viaje episodico al infinito temporal de las ideas vacuas donde me esperaba mi karma. Próximo destino: el pasado. Bebí unas cervezas para hacer más llevadero el viaje, pero no funcionó; me desperté del viaje con un agudo dolor de cabeza próximo a la resaca.

El laboratorio estaba igual que antes, antes que era después. Con su mobiliario esquemático y su silla funcional donde me encontraba sentado nada había cambiado. Consulté mi reloj, había retrocedido doce horas en el tiempo, por lo qué seguía indicando la misma hora del mismo día, pero la luz del sol me señalaba el retroceso meta temporal desde una perspectiva abstracta o coloquial.

La primera parte del plan consistía en apoderarme de un instrumento lo suficientemente mortífero como para realizar un magnicidio. Los objetos punzantes y cortantes se descartaban a sí mismo por la dificultad de completar su misión una vez utilizadas. Debía encontrar algún tipo de proyectil que con un sólo disparo cercenase el hálito de vida del presidente sin causar daños colaterales, en eso había sido muy tajante el asesinado.

El revolver del vigilante jurado del campus fue el elegido tras evaluar todo un casting que incluía tirachinas, ballestas y arcos de tiro. Mi soporífera verborrea acompañada de una bebida narcótica de nombre cerveza me iba a permitir, con las habilidades de Caco y Morfeo, sustraer el hierro al gigante con cintura de luchador de sumo.

Dejándolo en sus dulces sueños recorrí el blanco túnel de luz del pasillo hasta llegar al pozo de las vergüenzas que eran los urinarios. Escondí el arma en los lavabos dispuesto a poder utilizarlo en el momento adecuado.

Ya podía volver al presente. Conociendo el punto de destino invariable en el cronos disponía del tiempo necesario antes del viaje en el túnel del idem para recrearme en la situación inamovible de la pausa en el lugar. Podía fumar el último cigarrillo en mis pulmones aún sabiendo que no lo era en el calendario.

La primera parte del plan había sido completada. Tenía el arma, el objetivo y el ejecutor; sólo faltaba el momento y el lugar. Regresé al laboratorio y subí de nuevo a la silla funcional que estaba sobre la mesa. Debía retroceder en el tiempo al instante anterior a la recepción del presidente, recoger el arma y cumplir la función que los astros marcaron en mi vida.

El revolver estaba en el sitio donde lo había dejado hacía tan sólo un momento que eran más de doce horas.

Salí del edificio y me vi fumando mi último cigarrillo en un día de otoño con un frío que se me metía por todos los agujeros. No podía presentarme ante mi mismo con mi mismo rostro sin peligro de ensimismarme. Debía de procurarme un disfraz así que volví al origen de todo, a la silla funcional del laboratorio y retrocedí al pasado, doce horas antes, después de haber escondido el arma. El cíclope orondo continuaba dormido en ese pasado alterado permitiéndome fácilmente el apropiarme de sus prendas de vestir que podía utilizar como escudo ante miradas indiscretas. Los ropajes de una escala pantegruélica dificultaban mis movimientos pero pude volver, no sin incidentes entre mi cara y el suelo, al laboratorio con la silla funcional. Regresé al presente, como había hecho anteriormente en este perpetuo viaje entre pasado y futuro que estaba siendo aquella tarde de cuerpo presente.

Salí del edificio y me vi apurando mi último cigarrillo mientras un coche negro se acercaba a mi yo presente, pero a la vez pasado y futuro. Corrí perdiendo los pantalones por el camino pero alcancé a mi yo con el tiempo suficiente de darle el objeto funcional y, sin decir nada, sellar un pacto con un guiño dejando claro su misión y su objetivo. Desaparecí como pude, luciendo mis calzoncillos rojos, mientras el gigantesco gorila que hacía de vigilante me perseguía con el torso desnudo y sus recién encontrados pantalones puestos con una inusitada agilidad de simio.

Ahora todo dependía de mí. De mi yo presente que era mi yo pasado y cambiaría mi yo futuro. Oí el disparo, después los gritos y finalmente los golpes, eran sus puños en mi cara pero no sentí dolor. Sólo quedaba la parte final del plan, donde el auto asesinato o el suicidio posterior a la muerte debían producirse.

Una vez más regresé al laboratorio donde me senté en la silla funcional sobre la mesa. Un leve bostezo fruto de las emociones del momento me indicaron el cansancio acumulado en cada célula de mi cuerpo. Cerré los ojos, un leve parpadeo y regresé a la consciencia en ocho horas en el futuro, producto de la silla del tiempo.

Temeroso ante un futuro que desconocía y cuyos avances tecnológicos podían llegar a enloquecerme me moví discreto entre la gente intentando pasar desapercibido y que no adivinaran que era un hombre del pasado. ¿Qué habría pasado en esas ocho horas? ¿Dónde habría llegado la humanidad en ese tiempo? Mi cerebro no sería capaz de asimilar las respuestas a esas preguntas.

Me centré en mi misión, eliminar las pruebas condenatorias que apuntaban a mi cabeza pasada en un mundo futuro. Consulté un periódico del futuro, con un notable estilo retro, para averiguar dónde estaba encerrado custodiado por mastines sádicos con los ojos inyectados en sangre propia de un macabro ritual satánico junto a los albores del infierno.

El virus temporal acumulado en mi piel me permitía una aparente invisibilidad ante los ojos expertos de unos terrestres marcianos de aspecto selenita. Aprovechando mi nueva y sorprendente habilidad pude deambular por las mazmorras de mi destino hasta llegar a mi yo pasado, a la vez que presente y futuro. No tardé en encontrarme en una minúscula habitación, de paredes blancas acolchadas. Entré sin dificultad sorprendiéndome a mi mismo que me miraba atemorizado tal vez consciente de mi destino.

Como no tenía arma alguna a mano utilicé las mismas que posé sobre mi cuello pasado en el futuro y apreté hasta que dejé de respirar estrangulado, lanzando un suspiro en la confrontación de suspiros. Pero entonces la fatalidad comenzó a perseguirme; al intentar huir la puerta, que se había cerrado tras de mí al entrar, no me permitía abrirla y salir dejándome encerrado desde un punto de vista moral y a la vez física. Había caído en mi propia trampa. Pero las sorpresas no acabaron ahí, mi cadáver asesinado desapareció del suelo asimilando la paradoja la dualidad de cuerpos en el tiempo fusionando los restos de vida en un solo esqueleto de carne y hueso.

- ¿De verdad quieres que me crea esa historia?

- Es una silla muy funcional, ¿verdad?




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