El Movimiento de Oxford
(una explicación para argentinos)
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Índice
La Inglaterra de los tiempos de Newman
Newman y el movimiento de Oxford
La Inglaterra de los tiempos de Newman
La Reforma en contexto.
Aquello que comenzó como una herejía más, como uno más de los innumerables alzamientos contra Roma que se sucedieron una y otra vez a lo largo de veinte siglos de la historia de la Iglesia, esta vez se convirtió en una catástrofe. Las ideas de Lutero, de Calvino y de Zwinglio se habían enraízado, es cierto, en algunas regiones de Europa y—con la complicidad de ciertas potestades seculares—lograron imponer ideas protestantes en algunas ciudades y principados de lo que hoy conocemos como Suiza, Alemania y Francia. Pero, considérese la cuestión con alguna pausa, poco más.
Los contrafácticos en materia de historia sirven de poco, pero si para algo sirven es para calibrar los efectos de un suceso determinado. En el caso que aquí nos ocupa, los invito a especular sobre la suerte del protestantismo en el mundo si Inglaterra no hubiese apostatado. Piensen solamente que en un mundo sólidamente católico, la Revolución Industrial, el Capitalismo y un gran poderío secular anti-católico (Inglaterra primero, Estados Unidos después) a su servicio habría sido impensable. Cómo habría sido eso ciertamente excede los límites de una especulación histórica razonable. Pero resulta indiscutible que la decisión de Enrique VIII de establecer una Iglesia Nacional en Inglaterra resultó una de las más dañosas para la Cristiandad, cuyos efectos fueron de tanta trascendencia que cuesta encontrar un paralelo en toda la historia de la Iglesia—en la que uno encuentra de todo, cómo no, pero no tanto mal, tan extendido en el espacio y en el tiempo, y que no ha sido remediado cuatro siglos después.
La Reforma en Inglaterra.
Y si para la historia de la Cristiandad fue una catástrofe, para Inglaterra fue, literalmente, una desgracia. A pocos años de su conversión, a mediados del siglo XIX, Newman pronunció uno de sus sermones más famosos—La Segunda Primavera—en la que se tomó el trabajo de describirnos lo que había sucedido:
Tres siglos atrás y la Iglesia Católica, esa formidable creación del Poder de Dios, se erguía con orgullo en este lugar. Contaba con los honores y el respaldo de casi mil años; se asentaba sobre unos veinte tronos episcopales a lo largo y ancho del país; se fundaba en la voluntad de un pueblo fiel; energizaba a la nación con diez mil instrumentos de poder e influencia; y se hallaba ennoblecida por una multitud de santos y mártires. Las iglesias, una tras otra, celebraban y se alegraban con sus numerosísimos intercesores a cuya memoria se les dedicaba frecuentes homenajes de gratitud. Sólo en la diócesis de Canterbury podemos nombrar dieciséis templos y pueblos consagrados a ellos, desde San Agustín a San Dunston y San Elphege, desde San Anselmo a Santo Tomás hasta San Edmundo. La diócesis de York contaba con San Paulino, San Juan, San Wilfredo y San Guillermo; Londres se enorgullecía con San Erconwaldo; Durham con San Cuthbert; Winton con San Withum. Y entonces se le rendía tributo a San Aidan en Lindiffarne y a San Hugo en Lincoln, a San Char en Lichfield, a Santo Tomás en Hereford, a San Osvaldo y San Wulsan en Worcester, a San Osmundo en Salisbury, a San Birinus en Dorchester y a San Ricardo en Chichester.
Y luego, allí estaban también sus órdenes religiosas, sus establecimientos monacales, sus universidades, sus dilatados vínculos con toda Europa, sus excelsas prerrogativas en el orden secular, su fortuna, sus posesiones, la gran devoción popular—¿dónde hallar a lo largo y ancho de la Cristiandad una jerarquía más gloriosa? En estrecha unión con las instituciones civiles, con reyes, con nobles y con el pueblo todo, en cada villorio, en cada ciudad—la Iglesia parecía destinada a perdurar, tanto como perdurara la propia Inglaterra y aun, que sobreviviera impávida más allá de la grandeza del país.
Mas merced a un alto decreto del cielo, la majestad de su presencia fue borrada del mapa. Es una historia larga, Padres y hermanos míos, que vosotros bien conocéis. No necesito repetirla en detalle. El vivificante principio de la verdad, la sombra de San Pedro, la gracia del Redentor, la abandonaron. Aquella antigua Iglesia se convirtió en un cadáver (¡tremenda, terrible metamorfosis!); y fue entonces que comenzó a corromper el aire que alguna vez había purificado. De tal modo que todo parecía perdido; y durante algún tiempo se defendió y luchó, pero a la larga todos sus sacerdotes fueron expulsados o martirizados. Fueron innumerables los sacrilegios que se cometieron. Sus templos fueron profanados o destruídos, sus ingresos y bienes saqueados por codiciosos nobles o empleados para sostener a los ministros de la nueva fe. Finalmente la presencia misma del Catolicismo fue sencillamente erradicada—su gracia repudiada, su poder despreciado, y a la larga incluso su nombre, excepto como cuestión histórica, pasó a ser casi desconocido.
Se tardó mucho tiempo en llevar a cabo esta tarea de manera completa; mucho tiempo, mucha reflexión, mucho trabajo, mucho gasto; mas al fin, se logró. ¡Oh qué día miserable, siglos antes de que naciésemos! ¡Qué martirio no habrá sido vivir en aquellos días y presenciar cómo la bella forma de la Verdad era prolijamente despedazada moral y materialmente, y ver cómo cada uno de sus miembros era amputado y arrojado al fuego o al fondo del mar! Mas al fin, la tarea había sido completada. La verdad fue eliminada y olvidada, y hubo una cierta calma, una especie de silencio—y así estaban la cosas cuando nacimos a este fatigado mundo.
La Iglesia Anglicana a principios del s. XIX.
Por pura casualidad vino a dar a mis manos un librito de Robert Hugh Benson—el autor de “El Señor del Mundo”, convertido también por influencia de Newman—que se llama “Denominaciones No-Católicas”, publicado en 1921 y que constituye una especie de manual instructorio para sacerdotes y seminaristas católicos que misionan en Inglaterra. Allí explica las mil y una complicaciones que la Reforma produjo en la Iglesia inglesa.
El pedacito de piedra desprendido de la Roca de Pedro se había fragmentado en cientos de piedritas y aun en miles de granos hasta que, llegando a nuestros días, uno ve cientos de miles de individuos que adhieren a la Iglesia Anglicana por las razones más diversas... Desde luego, es por esto que resulta tan difícil entender a la Iglesia de Inglaterra—sea uno simpatizante o enemigo de ella. Resulta posible—como le ha pasado a este escritor—encontrarse con tres ardientes anglicanos casualmente reunidos en una sala, gente religiosa y bien educada, que no pueden ni por asomo ponerse de acuerdo sobre los principios fundantes de la Iglesia a la que pertenecen. Excepto en un sentido legal, la Autoridad Nacional ha prácticamente desaparecido. Resulta posible encontrar a tiro de piedra a un teólogo Anglicano que predica el ciclo entero de la doctrina católica, con excepción de lo que se refiere a las prerrogativas de Pedro; y otro que niega la Resurrección, tanto como el nacimiento de Cristo de una Virgen; y más allá otro que se expresa en términos tan calculadores y oscuros que desafía cualquier análisis más o menos razonable.
Sin embargo, esto se debe en parte a la deliberada política de la Reina Isabel I y sus consejeros. Sin duda, ella quería que la Iglesia Nacional incluyese la mayor parte posible de los cristianos profesos, desde los Católicos hasta los Calvinistas; y durante algún tiempo lo logró.
En verdad, hoy mismo hay en la Iglesia de Inglaterra gente que en materia dogmática es lo uno o lo otro. En los días que corren hay unos pocos clérigos que sostienen la Infalibilidad del Vicario de Cristo, tanto como otros que firmarían sin dudarlo un instante la Confesión de Ginebra [...]
En síntesis, es de notar que no hay en la Iglesia Anglicana una Voz viviente ante la cual los teólogos deben rendirse [...] Se supone que el Obispo, hablando en general, es el censor de la doctrina que se predica en su diócesis mas en la práctica, los clérigos del lugar que disienten con él, no dudan en afirmar sus propias opiniones y desechar sus indicaciones [...]
Los fieles de la Iglesia Anglicana pueden tener opiniones definidas sobre las doctrinas acerca de la Comunión de los Santos, la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía o la existencia del Purgatorio, pero la Iglesia a la que pertenecen no.
El catolicismo a principios del s. XIX.
Newman nació en 1801 y vivió hasta 1890, con lo que siguiendo su vida se puede recorrer la Inglaterra del s. XIX. Cuando murió, cardenal católico, el país había cambiado completamente. Pero, en efecto, Newman nació en esa porción del mundo fatigado por la Reforma que se llama Inglaterra. Aunque más cansados estaban los católicos. Pocos y desprestigiados. Veamos la descripción que de ellos hizo Newman en la homilía que venimos citando. Los católicos habían sido reducidos a
...un puñado de individuos que podían contarse como lo que queda después de una hecatombe, un par de piedras, los detritus de una catástrofe... Por aquí un grupo de irlandeses pobres que aparecían en la época de siembra, algunos de los cuales se quedaban, alojados miserablemente en algún barrio pobre de las inmensas metrópolis. Por allá, tal vez un grave anciano, visto mientras caminaba por las calles, solitario y extraño, por más que tuviera noble porte, y del que se decía que era de buena familia, y “Católico Romano”. Por acullá una antigua casa con enredadera, de aspecto melancólico, escondida detrás de altas paredes, con un portón de hierro, y dentro de la cual, se decía, vivían “Católicos Romanos”; mas quiénes eran, o qué hacían, o qué se quería significar con aquello de “Católicos Romanos” nadie lo podía decir—bien que el mote despertaba resonancias desagradables y evocaba extraños rituales y raras supersticiones. Y luego, quizá, mientras caminamos de aquí para allá, mirando con los ojos curiosos de un joven mientras recorremos la ciudad, podriamos tal vez toparnos primero con una capilla Moravia o una casa donde se juntan los Cuáqueros y finalmente con una capilla de los “Católicos Romanos”: pero en vano, nada habríamos podido colegir de este último edificio a no ser que en su interior había velas ardiendo y algunos jóvenes vestidos de blanco balanceando incensarios. Y qué significaba todo aquello, sólo se podía aprender leyendo libros, libros de Historia y homilética protestantes. Y claro, no eran demasiado halagüeños cuando referidos a los “Católicos Romanos”, sino, al contrario, invariablemente referían a lo mismo, cómo otrora habían tenido poder, y cómo habían abusado de él. Y luego, nuevamente, quizá en alguna ocasión podríamos haber oído la sarcástica referencia de un hombre de letras informándonos que, después de investigarlo prolijamente, pudo establecer que ésta era la recóndita diferencia entre los católicos de Inglaterra y los de Irlanda, que estos últimos tenían obispos mientras que los ingleses eran regenteados por cuatro oficiales romanos llamados Vicarios Apostólicos.
Era la clase de noticia que se tenía sobre los cristianos en tiempo de los paganos quienes los perseguían con la intención de borrarlos de la faz de la tierra y luego los llamaba gens lucifuga, gente que rehuía la luz del día. Así estaban los católicos en Inglaterra, hallados en los rincones, en las callejuelas, en los sótanos, en las bohardillas o en los escondrijos del país; alejados del mundo bullicioso que los rodeaba, apenas percibidos en medio de una niebla o a media luz, como fantasmas que pasan sigilosamente de aquí para allá, entre los prominentes protestantes, señores del lugar. Tan débiles llegaron a ser, tan completamente menospreciados que ese mismo sentimiento dio finalmente lugar a una cierta compasión; y los más clementes de entre sus tiranos les dispensó alguno que otro favor en la convicción de que tan absurdas eran sus opiniones que bastaba con promoverlos en el orden civil para que rápidamente se deshicieran de tales supersticiones e incluso se avergonzarían de haberlas sostenido alguna vez. Y así comenzaron a vilipendiar nuestras doctrinas en el mundo protestante en la idea de que nuestra necesad quedaría tan de manifiesto como para despertar lástima.
¡Tremenda metamorfosis y terrible contraste entre aquellos tiempos en que la venerable y multisecular Iglesia de San Agustín y de Santo Tomás era honrada y este del pequeño resto fiel a principios del s. XIX!
Oxford.
En medio de aquella Inglaterra desolada por la Reforma estaba la Universidad de Oxford, una de las instituciones eclesiásticas más venerables, legada por la Iglesia Católica al mundo y cuyo genio difícilmente encuentre rival en el mundo. Probablemente sea la primera Universidad de Europa pues aunque se desconoce la fecha de su fundación hay testimonios de que ya en 1096 se enseñaba en ese lugar. Pero más allá de su antiquísima tradición, más allá de la belleza del lugar donde se encuentra emplazada, su donaire arquitectónico, sus campanas y cúpulas sin par, Oxford parece poseer un genio propio, un genius loci, que no sé cómo hallar comparanza adecuada en otro lugar. Alguna vez Newman explicó que
La idea de que hay un genius loci no carece de fundamento y explica cómo las bendiciones o maldiciones se vinculan con ciudades y países y no con generaciones.
Cien años después de lo que aquí nos concierne, un joven novelista concurrió a esa Universidad. Años después escribió una de las mejores novelas del siglo, “De Regreso a Brideshead” y no resisto la tentación de transcribir aquí su sintética descripción del lugar.
En aquellos días Oxford era todavía una ciudad de acuarela. En sus espaciosas y apacibles calles los hombres todavía caminaban y conversaban como en tiempos de Newman; sus neblinas matinales, las grises primaveras y la rara gloria de sus días estivales [...] cuando el castaño florecía y sus prístinas campanas resonaban con frescura entre sus fachadas y volaba sobre sus cúpulas exhalando los suaves aires de centurias de juventud.
Era precisamente aquel silencio claustral lo que le daba resonancia a nuestras risas cuyos ecos jubilosos dominaban por sobre el clamor de la muchedumbre.
Así Evelyn Waugh, circa 1933. Dean Church, amigo y fiel discípulo de Newman, supo hacer una descripción de la Universidad de 1833, completando la escenografía del lugar donde habrían de ocurrir las cosas que aquí hemos de contar.
La escena de este nuevo Movimiento era tal vez como podría haber sido la de la polis Griega o la de una ciudad mediterránea de la Italia medieval. Oxford se erguía sola en la campiña al lado del río, muy relacionada con el resto de Inglaterra, pero, al igual que su hermana Cambridge, con una vida propia, completamente diferente a cualquier otro lugar de Inglaterra, con sus poderes y privilegios y excepciones a las leyes del común, con sus muy especiales modos de gobierno y orden, con sus usanzas y gustos y particulares tradiciones, e incluso con vestidos diferentes de los que usaba el resto de Inglatarra; el resto del país contemplaba a la Universidad desde fuera, con sumo interés pero con perplejidad, y sólo la conocía de mentas o por visitas pasajeras.
Y Oxford se ufanaba y estaba celosa de sus propias costumbres al igual que Atenas y Florencia en otros tiempos. Y al igual que ellas tenía sus curiosos modos propios y cortesías; su Convocación democrática y su propia oligarquía; sus rangos sociales; su disciplina, teóricamente severa y de hecho habitualmente laxa; sus instituciones independientes con sus propias corporaciones; sus facultades y colegios al igual que los gremios y hermandades de Florencia; sus rivalidades y discordias internas; sus capillas y facciones. Al igual que Atenas y Florencia, profesaban reconocer muy especialmente la supremacía de la religión; Oxford alegaba ser una casa de adoración y educación religiosa, Dominus illuminatio mea, un lema demasiadas veces falsificado en los hábitos y temperamentos de la vida.
Se trataba de una comarca reducida, mas era muy conspicua; porque allí había mucho y un muy energético carácter y virilidad, puesto de manifiesto por los fines y exigencias de la vida universitaria; y aunque se moviera en una órbita separada, la influencia del famoso lugar sobre el resto de Inglaterra, aunque imperfectamente comprendida, era muy reconocida y muy de notar.
La descripción de Church es buena, pero también se aplica a la misma Oxford de tiempos pasados. He dicho que el lugar parece tener un cierto genio, y la historia parece confirmarlo. Piénsese en quiénes pasaron por sus claustros y digan si no. Enumero más o menos cronológicamente a algunos: Adam Smith, Tomás Moro, Edmund Campion, John Donne, Gerard Manley Hopkins, Oscar Wilde, Hilaire Belloc, Graham Greene, Evelyn Waugh, Alberto Einstein, T. E. Lawrence, Manfred von Richtofen, Dorothy Sayers, T. S. Eliot, C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien, John Le Carré—sólo por mencionar a algunos que quizá ustedes conozcan. Como John Henry Newman.
Oxford, 1833.
En 1833, cuando Newman llega al lugar, la escena parecía preparada para lo que iba a venir. Sigamos con la descripción de Dean Church.
Las condiciones del lugar afectaron el carácter del Movimiento y los conflictos que engendró. Oxford reclamaba para sí ser el eminente guardián de la verdadera religión y la educación más ortodoxa; y por tanto el lugar donde la religión debía ser preservada en su pureza y vigor y también el lugar donde se debía ejercer la vigilancia más escrupulosa, no sea que se fuera a pervertir o corromper. Oxford era un lugar donde cada cual conocía a su vecino y lo medía y se le mostraba más o menos amistoso, más o menos repelente; un lugar donde las costumbres del día congregaba a los hombre todos los días y todo el día, juntándose para conversar o discutir, donde cada afirmación novedosa o nueva decisión daba lugar a infinitas disquisiciones y debates en los comedores o en las caminatas vespertinas. Y también por esta razón, los sentimientos y las sensaciones personales tendían a ser más agudos e intensos que lo que habitualmente ocurre en el mundo exterior: aquel con que uno no se llevaba bien o que era objeto de desconfianza estaba tan cerca de uno que resultaba mucho más irritante que cualquier otro perdido en el tumulto exterior. Por el contrario si un hombre atraía la confianza de sus colegas y encendía entusiasmos, cuyas palabras resonaban continuamente en los oídos de otros y cuya conversación privada y vida privada concitaba simpatías y encanto, creaba en los que lo rodeaban no sólo admiración sino encendidos sentimientos de amistad o de ferviente discipulado. Y estos sentimientos pasaban de los individuos a los partidos; pequeñas facciones de un ejido restringido. En aquellos días de Oxford los hombres golpeaban y amaban y odiaban con una vehemencia que rara vez se vería replicada en la escena más amplia de la política parlamentaria en Londres o cuando se desataban controversias religiosas en el público en general.
Poco antes de ponerme a preparar estas fastidiosas charlas sobre el Movimiento de Oxford me preguntaba qué relevancia podía tener el asunto, qué podía tener que ver con nuestras vidas, nosotros los pobres descastados católicos de la Bella Vista del siglo XXI. Y sin embargo, salvando las distancias, ya ven ustedes. Pocos, que se conocen mucho, que conviven bastante, que creen en la supremacía de la Religión por encima de cualquier otro asunto, que asignan gran importancia a una liturgia digna, que sienten vivamente las amistades y las enemistades y que viven en una suerte de universidad más o menos virtual, hecha de libros y charlas como esta, ciertas mateadas a modo de tutorías, largas conversaciones peripatéticas, algunas clases y algunos destacados maestros, fieles discipulados y encendidas discusiones por asuntos que los de fuera miran con interés, cómo no, pero con perplejidad.
No, claro que no, Bella Vista no se parece a Oxford, qué va. Pero, no sé si me entienden, algo hay... un cierto genius loci, aquí también, que los de afuera no pueden sino reconocer, con mayor o menor inteligencia, con mayor o menor aprobación.
¿Y bien? Ya vamos viendo que a lo mejor, mi intuición primera, ésta de que dar estas charlas valía la pena, quizá no estuviera enteramente errada.
Dominus illuminatio mea.
Oriel.
Si hemos hablado del genius loci de Oxford, quizás podamos amplificar con una lente el lugar—poner el “zoom” en la Universidad, puesto que, en la época que nos interesa, incluía una veintena de colegios, colleges, cada uno con su propia tradición, estética y eccentricidades.
Y detenernos en Oriel. Oriel era uno de los colleges más viejos de la Universidad y había cobrado señalado prestigio a principios del s. XIX por poner renovado énfasis en los estudios religiosos, la teología que se enseñaba a quienes serían en el futuro clérigos y obispos de la Iglesia Anglicana. Había ocurrido también que los “Fellows” inmediatamente anteriores a los que aquí nos ocupan (Whately y Hawkins por ejemplo) habían desarrollado una especie de “moda” que fue adoptada por sus sucesores y que caracterizaba a quienes estudiaran en Oriel.
Así lo cuenta el biógrafo de Pusey, Henry Parry Liddon:
La nota distintiva de Oriel era que alentaba precisión en el pensamiento, como base de una expresión exacta de las nociones desarrolladas [...] Todos practicaban en mayor o menor medida el método Socrático de precisar el pensamiento mediante recíprocas preguntas y respuestas [...] Como consecuencia, se desalentaban las palabras sofisticadas cuando se podía expresar lo mismo sencillamente; se ponía en evidencia cualquier formulación inexacta o parcial; todos estaban obligados a expresarse con claridad y se señalaba inflexiblemente cualquier inconsistencia entre una tesis en particular y la teoría general que le daba sustento.
El resultado fue, también, la aparición de cuatro grandes cabezas: Keble, Froude, Pusey y Newman, a quienes quiero presentarles, por su orden.
John Keble.
Y aquí entonces, corresponde introducir en la escena a John Keble, uno de los personajes principales de lo que luego dio en llamarse el Movimiento de Oxford.
Pero antes de continuar con esta historia, quiero destacar lo que a mi juicio constituye la primera nota distintiva de ese Movimiento. No es tan fácil articularlo con precisión, pero me empeñaré lo mejor que pueda: . Cuando Keble murió, Newman se felicitaba porque un tal Padre Coleridge escribió una necrológica destacando las virtudes del fallecido—en una revista católica.
¿Santos? ¿Eran santos estos cuatro? Sí, posiblemente, cómo no—según el concepto que uno tenga de la santidad. Por mi parte, aquí refiero a esa rara combinación de virtudes opuestas en una misma persona, que, según Santo Tomás, sólo puede conciliar el Espíritu Santo: así, en estos tipos encontramos aunadas virtudes aparentemente contrarias como audacia y humildad, recato y coraje, cortesía y lenguaje franco, pureza y una delicada veneración por las mujeres, amor a la verdad y amor al que yerra. Todos ellos—por lo menos estos cuatro de los que aquí nos vamos a ocupar (Keble, Froude, Pusey y Newman) se destacaban por todas estas virtudes, pero con un plus. Tenían ese muy particular halo que los hacía tan amables cuanto queridos: muchos de sus contemporáneos coinciden en que tenían algo así como una aureola magnética—algo difícil de definir, que los volvía especialmente atractivos. Despertaban afectos encendidos y lealtades notables, y eso pese a que muchas veces hubieron de recriminar conductas, corregir defectos, denunciar errores y levantar banderas exigentes y muchas veces políticamente incorrectas o del desagrado de muchos.
¿Santo?
Y ahora, después de esta advertencia, otra. Tengo para mí que John Keble era: el más bondadoso, respetuoso, corajudo, humilde, (“unassuming”, “unobtrusive”, “kind”), y amable de aquel cuarteto. Así lo consideraba Newman, y así parece cuando uno se adentra en sus escritos y en su vida.
Fíjense cómo lo recordaba uno de sus amigos y principal biógrafo, Sir John Taylor Coleridge, después de una ininterrumpida amistad de 55 años:
Constituía la singular felicidad de su temperamento—notable incluso cuando todavía era muy joven—esta, la de despertar afecto... pero era un afecto siempre santificado por una especie de reverencia.
Y esa reverencia que concitaba no hacía que el afecto que despertara fuera menos tierno, sino que era un cariño que intensificaba la reverencia que por él teníamos.
Nacido en 1792 John Keble era nueve años más grande que Newman y había sido designado “Fellow” de Oriel en 1811 (por entonces Newman sólo tenía diez años de edad). Su padre habia sido un clérigo de la llamada “High Church” anglicana, esto es, la rama más cercana al catolicismo y menos afín al clima protestante que dominaba la Iglesia Anglicana. Así, el padre de Keble no había sufrido ninguna influencia metodista ni evangelista, que asignaba desordenada importancia a los sentimientos y subjetividad de la vida interior en detrimento de rituales y sacramentos. Por el contrario, los Keble pertenecían a la tradición menos heterodoxa de la Iglesia Anglicana, aquella que descendía de los teólogos llamados “carolinos” (los que en tiempos del Rey Carlos I habían querido restaurar las devociones y los ritos católicos) y de aquellos otros teólogos anglicanos más serios—como Laud, como Andrewes, como William Law—que siempre habían enfatizado el carácter católico, que no protestante, de la Iglesia Anglicana.
Anglicanos menos “Protestantes”.
Aquí le debo al público argentino una pequeña explicación. Si bien Enrique VIII y luego su hija Isabel I se apoyaron significativamente en teólogos protestantes como Cranmer y Tyndale para llevar adelante la Reforma en Inglaterra, y si bien con tal fin martirizaron a los sacerdotes y obispos católicos, suprimieron sacramentos y rituales, destruyeron altares, desecharon todas las devociones marianas y abominaron del Papa y su potestad, y si bien las obras de Lutero, Calvino y Zwinglio, fueron traducidas al inglés e inspiraron muchas de sus decisiones—a pesar de eso, limitaban la “protesta” por así decirlo, a denunciar corrupciones y supersticiones en Roma y el Papa—“adiciones” decían ellos, a la tradición de la fe verdadera—, defendiendo la idea de una Iglesia legítima, que, sostenían, descendía y era heredera de la Iglesia Primitiva y que, por tanto, era, como una “rama” desprendida del tronco Romano, pero no por eso dejaba de ser parte de la Iglesia Universal. Esta facción dentro de la innumerable variedad de sectas y confesiones que pueblan la Iglesia Anglicana—prebisterianos, episcopalianos, metodistas, cuáqueros, evangelistas, puritanos, etc. etc.—era, por definición, la llamada “High Church”, la Iglesia Alta (la llamada “high and dry”, alta y seca) denominación que responde al hecho de que esta facción estaba compuesta mayoritariamente de gente educada, intelectuales si se quiere, mentes especulativas y que habían concurrido a la universidad, sobre todo a Oxford. Con el tiempo fueron conocidos como “anglo-católicos”. Pero la designación original de “Iglesia Alta” respondía también a que pertenecían, a las clases más encumbradas. Así era el padre de John Keble. (Y así también, como lo veremos, lo eran Richard Hurrell Froude y Edward Pusey. No así Newman que provenía de un cierto “evangelismo” que ya explicaremos. Baste con señalar aquí que para llegar a Católico tuvo que recorrer un camino más largo que aquellos otros conversos que desencadenó el Movimiento de Oxford.)
Pequeña biografía.
El padre de Keble no mandó a su hijo John a ningún colegio, y el chico se destacó tanto en sus estudios, que al llegar a los quince años de edad, se ganó una beca para estudiar en el college de Corpus Christi en Oxford, siendo luego elegido “Fellow” de Oriel—o sea, promovido al cuerpo gobernante del College y hecho tutor—a los 19 años de edad, lo que constituía toda una proeza. Fue ordenado sacerdote en 1816 y desde entonces siempre quiso trabajar en una parroquia rural de la zona de Hampshire, a dónde iba siempre que podía. Finalmente, en 1823 (dos años después de que Newman fuera elegido “Fellow” de Oriel), se retiró a esa humilde parroquia—en el pequeño villorio de Hursley—donde trabajó silenciosa y consistentemente durante 35 años, prácticamente hasta su muerte.
En muy contadas ocasiones volvió a Oxford, prefiriendo la compañía de sus feligreses y de su propia familia.
The Christian Year.
Pero antes que nada Keble era poeta. Poetas fueron los cuatro, Keble, Froude, Pusey y Newman. John Coulson ha hecho un formidable trabajo explicando la importancia que tuvo la poesía para el Movimiento de Oxford. Como dijimos antes, la santidad de sus protagonistas era la primera nota del movimiento; aquí la segunda.
Como fuere, antes que ninguna otra cosa, antes que teólogo y vicario anglicano y amigo de sus amigos, Keble era un poeta notable. Quizás sus poesías no tuviesen el vuelo literario de las de Newman—en esto coinciden todos, excepto el propio Newman—pero era poesía sencilla, cándida, limpia y fácil de memorizar. En definitiva, buena poesía.
En 1827 y como fruto de sus estadías veraniegas en la parroquia de su padre durante tantos años, en ese pequeño villorio de Fairford, rodeado de la dramática campiña de los “Cotswolds” en el norte del país, cerca de Escocia, compiló una antología de poesía religiosa que dio en llamar “The Christian Year”, el año cristiano, que produjo un efecto enorme en la sociedad inglesa de entonces. El libro vendió como ningún otro, y comenzó una suerte de “merchandizing” cristiano pues empezaron a aparecer almanaques con versos de aquel libro—un poco al modo de los de Molina Campos entre nosotros. Lo cierto es que generaciones enteras de ingleses memorizaron parte de las poesías de Keble y su nombre era famoso en todo el país. Probablemente su popularidad era debido a que eran poesías más bien simples, con temas evangélicos y de rima fácil y algo convencional. Eran versos candorosos y que tenían resonancias quasi- infantiles pero que le recordaba a los ingleses algunas verdades que habían olvidado algún tanto—como por ejemplo las Postrimerías, la importancia de los sacramentos, los papeles tan importantes de José y María en la vida oculta de Cristo, la amistad de Jesucristo con los niños, con María Magdalena, con sus discípulos. Por encima de todo, Keble alababa la santidad de la Iglesia. Pero también incluía enérgicos llamados a los cristianos para que vivan seriamente su fe, como por ejemplo aquella en la que dice
Think not of rest; thou dreams be sweet,
Start up, and ply your heavenward feet;...
Till, when the shadows thickest fall,
Ye hear your Master’s midnight call.
Lo que, en traducción apresurada y torpe arroja algo así como
No penséis en descansar
Ni soñar con la dulzura,
Que allá en la noche oscura
El Maestro os llamará.
Pero, claro, la mejor equivalencia en castellano está en la famosa copla de Teresa de Jesús,
Todos los que militáis,
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, ya no durmáis,
que no hay paz sobre la tierra.
Como comprenderán, no puedo traer más versos de Keble para exhibir su talante. Conformémenos por ahora con el juicio de Newman que en su “Apología” supo decir de este libro que
En aquel tiempo el tono imperante en materia de literatura religiosa era tan poco vigoroso y tan débil, que la aparición de Keble era como la de una música nueva, la música de una escuela desconocida en Inglaterra.
Keble había resuelto corregirlos y guardarlos indefinidamente para que, en todos caso, fueran impresos después de muerto, pero sus amigos y sobre todo su padre lo decidieron a publicarlos. Así en junio de 1827 aparecieron en dos pequeños volúmenes editados por Oxford y como de autor anónimo. Sin embargo, muy pronto se supo que Keble era su autor y su fama, como ya he dicho, se extendió por todo el país. Esto a él no le hacía ninguna gracia y se esforzó en negar la autoría de los poemas, no por falsa humildad, sino porque le parecía que los versos reflejaban demasiado exactamente su vida interior, su corazón, y le parecía impúdico y tal vez ilegítimo ventilar tales sentimientos religiosos de manera tan indiscriminada. Para que se den una idea de la popularidad de estas poesías tengan en cuenta que tuvo 158 (!) reimpresiones entre 1827 y 1872.
Carácter de Keble.
“There goes Keble!” decían en Oxford—así lo recuerda Newman—todos lo decían con admiración y reverencia por aquel petiso, rubio, de anteojos, andar lento y reflexivo. De Froude, de Pusey y sobre todo de Newman, hubo quien hablara mal, cómo no, en más de una oportunidad. De Keble, jamás, nadie. Cuando Newman descubrió aquel personaje que tanta influencia tuviera en su vida católica—San Felipe Neri—decía a quien lo quisiera escuchar que si Keble se hubiese convertido al catolicismo habría sido como el gran santo de la contrarreforma italiana.
Y no que Keble fuera indolente. Una vez, el fogoso Froude—del que ya hablaremos—lo visitó en su parroquia en compañía de otros dos amigos de Oxford. Keble los acompañó a tomar el tren cuando volvían a la Universidad y cuando Froude estaba a punto de ascender al tren, Keble le dijo: “Froude, esta tarde has dicho que “Serious Call” (el libro de William Law que tanta influencia tuvo en la conversión de C.S. Lewis, cien años después) te parecía un libro entretenido. Es como si dijeras que el Juicio Final será un espectáculo muy bonito”. .
Era tremendamente anti-liberal al punto que—lo cuenta Henry Jennings—una vez, al visitar una de las familias de su parroquia, se enteró de que estaba en casa uno que profesaba ideas liberales en materia teológica. Informado de esto, se negó a ingresar, sentándose afuera en el porche.
La Apostasía Nacional.
En 1831 fue y sus clases en un muy distinguido latín atrajo alumnos de todos los colleges. En sus clases desarrolló extensamente la tesis de que toda buena poesía es necesariamente “tory” comenzando con la demostración de que Homero sostenía tesis conservadoras, o “de derecha” como tal vez diríamos ahora.
Total que a propósito de su cátedra siguió frecuentando a sus amigos de Oriel con quien se reunía semanalmente poniéndose así al tanto de lo que sucedía en la Universidad y el país. Las decisiones políticas de los “whigs” conmovían los ánimos, en particular una reforma por la cual los empleados del gobierno ya no se verían obligados a jurar fidelidad al cristianismo y la Iglesia Anglicana. Total que el 14 de julio de 1833 predicó un famoso sermón sobre la Apostasía Nacional. Pero la ocasión del sermón fue a propósito de la supresión de diez sedes episcopales en Irlanda, lo que suponía una ingerencia del Estado en cuestiones religiosas que a Keble le parecía escandalosa, convencido como estaba de que la Iglesia era de origen divina y que las potestades seculares no tenían derecho a intromisión alguna en sus asuntos. Es más, fue uno de los primeros anglicanos en propiciar el “disestablishment”—la separación de la Iglesia y el Estado, que desde los tiempos de Enrique VIII ponían al Rey y al Parlamento por encima de toda autoridad religiosa.
El sermón de Keble sobre la Apostasía Nacional de 1833 es considerada como la fecha de nacimiento del Movimiento de Oxford, pues el sino específico del movimiento era el de denunciar las funestas tendencias laicistas de los liberales y las malas influencias de la Revolución Francesa en el Reino.
En el centro de su homilía hallamos planteado el siguiente interrogante:
Lo que hemos de considerar es lo siguiente, formulado en su mínima expresión: si acaso el liberalismo tan de moda en la presente generación no puede adscribirse en buena parte al mismo talante que llevó a los Judíos a degradarse voluntariamente hasta el nivel de los idólatras Gentiles [...] ¿Será “Apostasía” una palabra demasiado dura para describir el talante de una nación así?
Cuando Keble pronunció esta famosa homilía, Newman estaba ahí, recién vuelto de Sicilia en donde había recibido algo así como una visión—ya veremos cuál y cómo. Pero el sólo oírlo a Keble bastó para confirmarlo en su intuición de que había que restaurar el catolicismo en Inglaterra y liquidar al liberalismo para siempre.
El Movimiento comenzó con la publicación de los famosos “Tractos para estos Tiempos”—manifiestos anónimos de este grupo de amigos que circulaban profusamente por todo el país—y que llegaron a 90. Keble escribió sólo cuatro acerca de la sucesión apostólica de los Obispos, los principios que deben primar al elegir textos de la Escritura para el año litúrgico, acerca del matrimonio con un no-bautizado y sobre la mística de los primeros Padres de la Iglesia.
Los Padres.
Aquí me detengo a señalar la tercera nota del movimiento de Oxford. La primera, como dije, era la santidad de sus miembros, la segunda, el talante poético de sus protagonistas y la tercera, su convicción de que el peor enemigo de la verdadera Religión se hallaba en el liberalismo. Pero la cuarta nota de este movimiento, tan importante como las anteriores, fue la de una acendrada devoción por los Santos Padres a quienes estudiaron con ahínco, tradujeron—Keble tradujo buena parte de las obras de San Irineo de Lyon—y divulgaron a los cuatro vientos, mostrando cómo la Iglesia Anglicana debía volver a creer en los dogmas y practicar los rituales de los primeros cristianos. Y no sólo era cuestión de rituales, porque como refiere Newman en su “Apología”, Keble le había enseñado
...el sistema Sacramental; esto es, la doctrina que sostiene que cualquier fenómeno material—que todas las cosas materiales son siempre a la vez tipo e instrumento de cosas reales pero invisibles.
Como ven, su percepción de la patrística enlaza con su devoción por la poesía. Así, a todos ellos, les encantaba estudiar a los Padres a quiénes, con toda razón, le asignaban una sabiduría perdida. No es este el lugar para abundar en el asunto, pero ese particular saber simbólico que tanto nos admira en autores ingleses como Chesterton, Lewis o Tolkien, seguramente procede del renacimiento de los estudios patrísticos por parte de Newman y sus amigos.
Keble, por ejemplo, era muy aficionado a San Efrén el Sirio y gustaba repetir su exégesis sobre el texto de San Pablo que tiene a Dios por un “fuego devorador”:
El Padre es el fuego; el Hijo es la luz; y el Espíritu Santo, el calor.
Newman visto por Keble.
Mas volviendo a lo nuestro. Cuando Newman publicó en 1841 el Tracto 90 se armó la gorda y el Obispo terminó con el asunto, prohibiéndole continuar. Pero Keble lo había visto antes, lo había alentado a Newman a publicarlo y lo defendió públicamente cuando buena parte de Oxford se volvió contra el autor del tracto con acusaciones de papista e incluso, de ser un agente encubierto de los jesuitas.
Y luego, en 1845 Newman se convirtió al catolicismo. Keble se quería morir, pues esto parecía darle razón a todos sus detractores y quedaba, junto con Pusey, los hermanos Wilberforce, Williams, Rogers, Faber, Gladstone y todos los demás en una situación imposible—entre los anglicanos protestantizantes y la Iglesia Romana. A pesar de la inmensa tristeza que le produjo la conversión de Newman, a diferencia de Pusey, jamás reprendió a su amigo por tomar tal camino—bien que no lo aprobaba—y siguió trabajando por la “recatolización” de la Iglesia Anglicana, dándole ánimo a Pusey que tomó la posta y aconsejando a innumerables universitarios que lo consultaban frecuentemente en su perplejidad, sin saber si debían seguir los pasos de Newman o no. Se pasó los siguientes veinte años luchando por la causa del Movimiento de Oxford, siempre con un muy singular pesar por lo que había pasado con Newman. Después de su conversión, Newman lo vio sólo una vez, veinte años después: la reunión, que fue con Pusey también, fue uno de los momentos más tristes para los tres amigos que, tanto y tan bien habían luchado juntos y que ahora no podían ponerse de acuerdo.
Su muerte.
Pero no puedo dejar de mencionar las muy particulares circunstancias de su muerte. Los últimos años había estado enfermo, mas en 1866 su mujer súbitamente se enfermó gravemente y Keble se negaba a dejar la habitación donde estaba ella, cuidándola con conyugal amor. Con todo, un día se desmayó y los amigos lo sacaron de aquella habitación donde estaba su esposa, llevándolo al cuarto de al lado. Keble volvió en sí, pero delirante de fiebre, creyó que estaba en una Iglesia y se puso de rodillas a rezar el Padre Nuestro. Luego, siempre de rodillas, musitó algunas palabras incomprensibles y por fin una oración que su madre le había enseñado de niño (imagino que sería algo como el “Angel de la Guarda, dulce compañía...” que nos enseñaron a nosotros) y luego, allí mismo falleció, en brazos de sus amigos.
Keble visto por Newman.
En 1846 Keble publicó una segunda serie de poesías, la “Lyra Innocentium”, que dio lugar a un formidable trabajo de apreciación por parte de Newman, converso al catolicismo el año anterior. Es, a mi modo de ver, una de las mejores cosas de Newman, aunque menos conocida. Allí sostiene que, gracias a Keble la Iglesia Anglicana recuperó algo de lo que había perdido con la Reforma, que es, precisamente, su poesía.
La tesis es tan profunda cuanto incisiva y me veo obligado a dejarle la palabra a su autor.
[Keble] hizo por la Iglesia de Inglaterra lo que sólo un poeta podía hacer: la hizo poética [...]
La poesía, tal como lo demostró el Sr. Keble en sus conferencias en la Universidad, es un modo de aliviar la mente sobrecargada; es un canal a través del cual las emociones encuentran expresión, y eso de un modo seguro y ordenado. Ahora bien—continúa Newman, interrogándonos retóricamente—¿qué cosa no es la Iglesia Católica, vista desde un punto de vista humano, sino una disciplina para los afectos y las pasiones? ¿Qué son sus cánones y prácticas sino la expresión ordenada de un sentimiento agudo, o profundo, o turbulento y, por tanto, una “limpieza”, como diría Aristóteles, del alma enferma?
La Iglesia es la poetisa de sus hijos; está llena de música para consolar al melancólico y controlar al rebelde—es fabulosa en sus historias para la imaginación del romántico; está repleta de símbolos e imaginería de modo tal que los sentimientos más delicados, que no sabrían cómo expresarse en palabras, pueden comunicarse silenciosamente y hacerse presentes en el alma de cada cual. Su ser mismo es poético: cada salmo, cada petición, cada colecta, cada versículo, la cruz, la mitra, el incensario, es la concreción de alguna ensoñación de la niñez, o tal vez, la realización de una ilusión de la juventud.
Como ven, Newman se las trae, exhibiendo aspectos de nuestra Santa Iglesia que quizá se nos habían escapado. Y con esa aguda mirada, el crítico se aplica a las poesías de su amigo John Keble:
Ahora bien, el autor de “Christian Year” encontró al sistema Anglicano completamente desprovisto de este elemento divino que es propiedad esencial del Catolicismo—el ritual echado a los perros, pisado y roto en mil pedazos; las oraciones amputadas, trozadas, arrancadas, llevadas y traídas sin ton ni son hasta que el sentido de la composición original se perdió y los oficios que habían constituído tan noble poesía ahora ya ni siquiera eran buena prosa; antífonas, himnos, bendiciones e invocaciones, arrojadas al olvido; las lecciones de la Escritura convertidas en referencias vacías de significado; pesadez, debilidad, torpeza allí donde los ritos católicos antes habían desplegado alas livianas, frescura y la luz del Espíritu; suprimidas las vestiduras ceremoniales, apagados los cirios, robadas las joyas, aniquilada la pompa y circunstancia del culto divino. Y se sentía ahora un vacío lúgubre—que parecía el santo y seña de una espuria colusión con el mundo y que se imponía a los ojos, al oído, a las fosas nasales de quien quisiera tributar un culto digno a Dios; un olor a polvo y a humedad en lugar del incienso; [...] las armas de la Corona reemplazando al crucifijo; horripilantes y desmedidas cajas de madera desde la cual predicaban ceñudos ministros emplazadas en lugar del misterioso altar de antaño; y largas naves laterales sin uso alguno, separadas por rieles, como las tumbas (que eso eran) de lo que había sido y ya no era; y en lugar de la ortodoxia, una dogmática frígida, rígida, inconsistente, aburrida, incapaz, desvalida, que no podía fundarse debidamente y que sin embargo se mostraba intolerante respecto de cualquier enseñanza que contuviera alguna lección iluminadora y que resentía cualquier intento de que se le diera sentido.
Así era la religión del dotado autor de “Christian Year”, a la que él no juzgó ni denunció (un profundo sentido de la reverencia se lo impedía), mas la adornó y renovó cuanto se podía renovar.
Colofón.
Hasta aquí el insigne John Henry Newman. Y bien, amigos: ¿con qué palabras había empezado esta diatriba?
Keble encontró al sistema Anglicano completamente desprovisto de este elemento divino que es propiedad esencial del Catolicismo.
¿Propiedad esencial del Catolicismo? ¿Sí, eh? Desde luego, traje a colación las profundas observaciones de Newman para destacar la poesía de Keble y el afán poético del Movimiento de Oxford, no para otra cosa. ¿Y qué sabía yo cuánto no se aplicarían estas mismas consideraciones a la devastada liturgia de la desacralizada Iglesia Católica del s. XXI? ¿Qué sabía yo—no, peor todavía—qué sabía Newman, al que algunos quieren rebautizar como “Padre del Concilio Vaticano II”, que su percepción de la Iglesia Anglicana en su hora más apóstata se podría aplicar 150 años después a la Iglesia Católica? Palabra por palabra. ¡Y qué no daríamos por un Keble para devolverle la poesía a esa “casa para el hombre” como llama Oscar Wilde a la Iglesia!
Poesía, cómo no, para esa “Ciudadela” que decía Saint Exupery, que es “mansión en el espacio, y rito en el tiempo”. Sí, claro que sí, nosotros también necesitamos poesía. Desesperadamente.
¿Cómo era aquello de San Efrén? El Padre es el fuego; el Espíritu Santo es el fuego; el Hijo es la luz...
Dominus illuminatio mea
El criminal.
En 1823 Keble dejó la Universidad de Oxford cuando estaba en el cénit de su fama. Pasó ese verano en el pueblo de Southtrop y, en una súbita inspiración, invitó a dos de sus pupilos a acompañarlo para leer juntos algunos textos religiosos (lo que por entonces llamaban una “reading-party”). Los invitados eran Isaac Williams y Richard Hurrell Froude. Williams recordaba el asunto con gratitud. Como la casa en la que paraba Keble no tenía muebles, les alquiló una pequeña chacra a cuatro millas de distancia.
Durante seis semanas paramos en esta chacra, cabalgando hasta Southtrop a diario, y al final, Keble nos alojó en la suya, donde amisté profundamente con Froude.
Era un hombre que venía de Eton, un poco mayor que yo, y también residía en Oriel. Era muy original en sus ideas y de modos sumamente refrescantes.
Tres años después, en 1826, Froude fue elegido “Fellow” de Oriel y comenzó a tratar con Newman y, con el tiempo, se lo presentó a Keble. Solía decir que era como el cuento de aquel asesino que había hecho una sola cosa buena en su vida. Para Froude, lo único bueno que había hecho en su vida había sido lograr que estos dos se entendieran.
Pero no, había hecho considerablemente más que eso.
Un grupo de amigos.
Nunca se insistirá bastante en lo que puede un grupo de amigos. En otro libro he intentado convencer de su importancia: de cómo un grupo de amigos unidos en el amor a la verdad y que se quieran dendeveras, a imagen y semejanza del Primer Colegio Apostólico en torno a Jesucristo, pueden revolucionar el mundo entero. No sólo porque “la unión hace la fuerza”, sino porque constituye una sociedad natural, eminentemente política, y cuando querida y bendecida por Dios es sobreelevada por la gracia y evoca y convoca a la Ciudad Celeste, esa que nos ha sido prometida, "la Nueva Jerusalén... que baja del cielo”.
Lo cierto es que el Movimiento de Oxford es ejemplo de precisamente esto que digo. Hasta aquí hemos apuntado tres notas del Movimiento, la santidad de sus protagonistas, su afición a la poesía y su reverencia por la patrística. Ponemos entonces ahora agregar esta quinta nota, el culto de la amistad entre estos universitarios, de pareja condición social, mucho talento, integridad de vida y un genio entre cordial y humorístico que veremos repetido en torno al grupo de amigos que lideraban, cien años después, en la misma universidad, Tolkien y Lewis.
Pero además, tal como insiste Richard Meynell, el Movimiento inauguró en Oxford una cierta ternura en el trato que no se había visto en mucho tiempo, manifestaciones externas de cariño entre los amigos—ciertamente, muy viriles, no creo necesario aclararlo.
Es que para ellos, los sentimientos también tenían su lugar y debían expresarse, mal que les pesara a los puritanos.
Richard Hurrel Froude.
Si Keble fue el verdadero Padre del Movimiento, pues era mayor de edad y su palabra pesaba enormemente en quienes se avinieran a oirlo, Richard Hurrel Froude fue el motor de la cosa.
Hijo mayor de un arquidiocesano de Devonshire, Hurrell Froude se reveló ya de niño como un tipo fuera de lo común. La madre lo describió así:
Desde su nacimiento ha tenido un temperamento muy particular; amable, inteligente y atractivo cuando su mente no se hallaba perturbada y se encontrara en compañía de gente que lo tratara razonable y benévolamente; mas era excesivamente impaciente en circunstancias adversas; muy inclinado a divertirse embromando y tomándole el pelo a los demás; y prácticamente incorregible cuando era necesario recriminarle alguna cosa.
La vida de Froude estuvo profundamente marcada por dos influencias que refrenaron a este rebelde y que nos permiten incluirlo en la nómina de los “santos” del Movimiento de Oxford: su madre y luego, claro, Keble. A pesar de que su madre falleció cuando Froude apenas tenía 18 años, éste releyó muchas veces el diario de la buena señora y decidió hacer de su vida un calco de las preocupaciones espirituales, consejos morales y general espiritualidad tal como aparecían en los asientos de aquel diario. Hasta qué punto es esto cierto lo sabemos por el propio diario que llevaba Froude (algunos de sus extractos fueron publicado por Newman después de muerto con el título de “Remains”).
Pero Froude apareció al mundo como un joven riente, Harriet, la hermana de Newman lo describió como “bright and brilliant”, incluso un poco “bon vivant”, muy afecto a los caballos—pasaba por ser un jinete sumamente audaz—a la buena música, al vino y a los amigos. Así lo describe Meriol Trevor, en su libro “The Pillar of the Cloud”:
Tenía ojos muy brillantes, grises, irónicos e incisivos. Era audaz, divertido, jocoso y estaba dotado de una enorme fuerza de voluntad. Le encantaba mofarse de los solemnes de siempre y también frecuentemente formulaba verdades de una manera que escandalizaba a los espíritus más convencionales. Tenía un elevado sentido del honor y un aristocrático desdén hacia cualquier tipo de lenguaje confuso o impreciso y denunciaba en alta voz al que se pronunciara con doblez. Había crecido en el campo, montando a caballo, cazando, pescando y navegando. Fue criado en la vieja tradición "High Church" y pertenecía a la clase más pertinazmente “tory” del país.
En 1828 fue designado “Fellow” de Oriel donde comenzó a tratarlo más a menudo a Newman. Los dos desconfiaron inmediatamente el uno del otro. Se comprende, si bien se mira: Froude era un verdadero “outside man” un hombre en habitual contacto con la naturaleza, Newman era un intelectual no habituado a la vida al aire libre, a la caza o a la pesca. El exterior de Froude le hizo creer a Newman que éste era un frívolo más de la alta sociedad inglesa, pronunciando ditirambos “pour épater les bourgeois” y poco más. A Froude se le antojaba que la timidez y recato de Newman escondían una personalidad pusilánime y de escasa valía. Y desconfiaba de los resabios “Evangelistas” de los que Newman sólo se libraría años después—en buena medida, por influencia de Froude. Tardaron algo de dos años hasta caer en la cuenta de que el respectivo exterior los indujo a engaño e hicieron migas a propósito de una recomendación de un médico que le recomendó a Newman que aprendiera a montar. Con la ayuda de Froude, muy pronto Newman se convirtió en un excelente jinete, gozando enormemente con el novedoso ejercicio—y con la sorprendente personalidad de Froude.
Alguna vez, Newman intentó definirla.
Hablo de Hurrell Froude como de un hombre de elevado genio, lleno hasta rebalsar de ideas y perspectivas originales. Y es que estaba dotado de una intelegencia tan crítica y lógica cuanto especulativa y audaz [...] Profesaba abiertamente su admiración por la Iglesia de Roma y su odio por los reformadores. Se complacía en el sistema jerárquico, el poder sacerdotal y la libertad de los hijos de Dios. Despreciaba la máxima de “la Biblia, sólo la Biblia, es la religión de los Protestantes” y proclamaba continuamente que el acceso a la tradición es el principal instrumento para aprender Religión [...] Le gustaba enormemente pensar en los santos [...] Abrazó los principios de reparación y mortificación. Tenía una profunda devoción y fe en la Presencia Real. La Edad Media era su pasión, mas no la Primitiva.
Como se ve, Froude no tenía nada que ver con el protestantismo típico de las clases media y baja de Inglaterra. Detestaba al liberalismo y se mofaba abiertamente del sentimentalismo evangélico.
En esto, fue apasionado discípulo de Keble y, como hemos contado, durante los veranos concurría con algunos compañeros de la Universidad a casa de Keble donde leían juntos libros de espiritualidad y patrística. De Keble aprendió y adhirió con pasión a las doctrinas de la Presencia Real en la Eucaristía y la Sucesión Apostólica de la Iglesia Católica. Su devoción eucarística era notable y—cosa rarísima en la Iglesia Anglicana de aquellos días—propiciaba la comunión frecuente. También combatió incisivamente lo que dio en llamar “la herejía de los gentlemen”, esa suerte de colusión entre las clases más encumbradas y el clero. En carta a su padre lo expresaba así:
La idea de que sólo un “gentleman” puede ser ordenado sacerdote es una estúpida veleidad protestante que debe ser definitivamente abolida.
Isaac Williams tuvo oportunidad de contar que Keble lo había sorprendido por su entrañable amor por los pobres. Seguramente bajo la misma influencia, Froude quería que los clérigos ingleses se pusieran a trabajar en los nuevos y miserables suburbios que había producido la Revolución Industrial y que abandonaran las confortables y apacibles sedes que tradicionalmente poseían en los pequeños pueblos de la campiña.
Keble quería especialmente al fogoso joven y entonces, aprovechándose de tal afecto, como ya lo he contado, Froude consiguió que se conocieran con Newman, siendo que ambos—por timidez o prejuicios, no lo sé—no querían ser presentados.
Froude era, además, como señalara Newman, un apasionado por la Edad Media, conocía la arquitectura gótica como pocos—una arquitectura casi desconocida en Inglaterra y símbolo del Catolicismo Europeo—y despreciaba a la Reforma con toda su alma. En él, puede decirse, todo lo encaminaba hacia el catolicismo—salvo el hecho de que su padre pertenecía a la jerarquía Anglicana y que conocía muy poco sobre la Iglesia Católica de su tiempo.
Mas Froude tenía nociones sorprendentes para un inglés de aquel tiempo. En la Apología, el propio Newman lo ha contado:
Tenía una alta y severa idea acerca de la excelencia intrínseca de la virginidad; y consideraba a la Santísima Virgen como el modelo de esto [...] Fue él quien me enseñó la doctrina católica acerca de la superioridad del celibato.
Aquí hay que entender que no estamos en tiempos victorianos, sino anteriores y que el puritanismo no había hecho tanta mella en la sociedad inglesa como pasó después. Al contrario: se consideraba a los sacerdotes católicos como maniqueos, puesto que lo que a todas luces parecía un desprecio del sexo no podía ser cosa cristiana. Froude lo desasnó sobre esta cuestión y así ambos resolvieron, en secreto, permanecer célibes para consagrarse de lleno a su tarea de teólogos y sacerdotes. Pero nadie jamás acusó a ninguno de los dos de afeminados ni de misoginia. Y ambos desarrollaron la doctrina de que el matrimonio supone la más completa posesión de los cónyugues entre sí—posesión tan íntegra y eficaz que excluye la idea de consagrarse exclusivamente al apostolado o a causas más altas. Como alguna vez lo escribió claramente Newman:
El hombre ha sido hecho para la simpatía y el intercambio de amores—para negarse en beneficio de aquella persona que uno ama más que a sí mismo.
La virginidad del alma cristiana es el matrimonio con Cristo.
Menciono el caso porque sin Froude, difícilmente Newman habría arribado a tierras tan Católicas. Y hablando de eso, en 1832 los dos hicieron un largo viaje a Italia. Froude se encontraba prematuramente enfermo y el médico le recomendó un viaje por el Mediterráneo, oportunidad en que con su padre, invitaron a Newman a ser de la partida. Más adelante hablaremos del efecto de este viaje sobre el alma de Newman—y sobre la historia del Movimiento. Pero conste aquí, una vez más, la enorme influencia que tuvo este joven. Sólo para poner un ejemplo, fue él quien redescubrió el “principio de economía o de reserva” en sus estudios de los Padres y dio pie a que los Oxfordianos ahondaran en el asunto de “la disciplina del Arcano”, uno de los pilares del pensamiento de Newman y que constituye el revés de la trama de su teoría sobre el “Desarrollo de la Doctrina”). (Isaac Williams dedicó un sesudo Tracto sobre la disciplina del Arcano que fue perfectamente incomprendido, y como consecuencia, fue acusado de “jesuitismo”, lo que en aquel contexto equivalía a doblez).
Estando en Roma, Newman y Froude comenzaron una serie de poesías que intitularon “Lyra Apostólica” y que se iban publicando en una revista (“The British Magazine”) fundada por un simpatizante de Cambridge, James Hugh Rose. Las poesías tenían connotaciones bélicas y cuando se publicaron juntas en 1836, se pusieron bajo un epígrafe que Froude había elegido como divisa: se encuentra en Homero y es lo que dice Aquiles cuando vuelve al combate, de vuelta a su tierra natal:
Ahora que he vuelto, conoceréis la diferencia.
El tono de la divisa, entre zumbón y presuntuoso, exhibe a las claras que tanto Froude como Newman no ignoraban que combatían fuerzas poderosas, al Establishment Anglicano anquilosado y perezoso, al liberalismo doctrinario que todo lo invadía y, sobre todo, a la tibieza de la inmensa mayoría de los cristianos, que no eran, ay, ni fríos ni calientes.
No es el caso de Froude, que tenía un temperamento fogoso—puesto al servicio de la causa que abrazó. Lord Blanchford contó cómo en una oportunidad, encontrándose varios amigos en las habitaciones de Newman, uno de los contertulios propuso reunir fondos para contribuir a los alicaídos ingresos de la jerarquía anglicana. Froude, que estaba recostado sobre un sofá, se incorporó y con vehemencia dijo:
“No sé ustedes, pero no veo por qué hemos de encubrir nuestros verdaderos propósitos que consisten en dictarle la doctrina a los clérigos del país; mientras tanto, en lo que a mí se refiere, no deseo que ninguno de ellos ascienda al púlpito”.
Cuando Froude murió prematuramente en 1836—tenía tan sólo 34 años—el padre le ofreció a Newman llevarse como recuerdo algún libro que había pertenecido a su querido hijo. Newman eligió el Breviario Romano que Froude había rezado a diario desde hacía años. Desde entonces, Newman también comenzó a rezar el oficio—bien que al principio las antífonas a la Virgen escandalizaban un tanto al otrora “Evangelista”. Las rezó, con todo, hasta vencer el prejuicio protestante que Froude jamás había conocido.
Como he contado, un año después de su muerte, Newman y Keble publicaron extractos de sus cartas y diario con el título de “Remains”. La publicación armó gran escándalo por la desfachatez con que este “enfant terrible” del Movimiento de Oxford se pronunciaba. Pero sirvió. Dean Church escribió muchos años después que
Después de la publicación de “Remains” nunca más se pudo pintar a los teólogos de la Reforma—con su confuso calvinismo, sus contradictorias afirmaciones, su extravagante deferencia por los oráculos de Ginebra y Zurich, su servil deferencia para con gente mala en el poder—como héroes y santos de la Iglesia Anglicana.